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Consejo de la Magistratura de la Ciudad

ROMANTICISMO POLÍTICO

Un rol posible para la nueva inteligencia inorgánica del peronismo digital.

Tiempo de lectura: 12 minutos

  1. “El principio de toda energía política”

 Creo que era Marc Bloch (no quiero acostumbrarme a tener que chequear todos mis recuerdos difusos con una IA) el que citaba, en Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien, un supuesto proverbio árabe según el cual “uno es más hijo de su época que de sus padres”. Es un concepto interesante cuando se lo pone a dialogar con el hecho ineludible de que todas las épocas, con sus vicisitudes, tuvieron que enfrentar las mismas discusiones. Es decir: todos los debates que tenemos y que nos desviven (alrededor de la democracia, de la tecnología, del poder, de la igualdad y la libertad, etc.) ya se tuvieron antes. Y muchas, muchísimas veces. La Historia, sino como circularidad, al menos como un movimiento espiralado: la técnica avanza, pero nuestros procesos mentales alrededor de esos saltos vuelven a pasar por los mismos lugares, solo que sumando vueltas más de tuerca, nuevos matices. Por eso historizar las encrucijadas del presente, tomar distancia e intentar mirarlas y pensarlas desde otro ángulo siempre aporta alguna claridad. En este contexto, en el que el peronismo medianamente atento a los acontecimientos está teniendo que abordar y pensar problemas tan complejos como el intervencionismo de los mega-magnates tech en la política global y sus efectos, la distancia nacional con frontera tecnológica del mundo para poder reindustrializar el país, la política y el discurso para los trabajadores de plataformas digitales con los propagandistas del gobierno queriéndonos convencer de que el mundo real ahora es Twitter y Tik Tok y que nada más importa, se me ocurre una referencia oportuna. Un movimiento que al menos a simple vista nos puede simpatizar porque tuvo, en su núcleo, una crítica al capitalismo no marxista sino más bien conservadora: el capitalismo como un Geist más que un sistema de producción, como un espíritu que disuelve las comunidades reconocibles, desarraiga al hombre de los vínculos concretos en los que se constituye como persona y subordina todo valor — el trabajo, la palabra, la lealtad, la patria — a la lógica anónima del mercado. Este movimiento lo conocemos como el Romanticismo alemán.

  Para los amantes de las simetrías — confieso ser uno — puede resultar algo placentero que arranque señalando que Die Signatur des Zeitalters («La marca de la época») del pensador romántico Friedrich Schlegel, texto que busca condensar qué había sido el romanticismo hasta ese momento, se publicó entre 1820 y 1823, y que casi exactamente un siglo después, en los últimos meses de 1924, Carl Schmitt escribía el prólogo para la segunda edición de su ensayo Romanticismo político discutiendo el legado de aquella generación. Y que lo voy a comentar yo ahora, otros cien años después, también bordeando el primer cuarto de siglo, y como ellos también atravesado por la ansiedad de un nuevo salto de la Modernidad. No será tan equiparable a las consecuencias de la Revolución Francesa y su consecuente expansión del espíritu burgués sobre todo Europa y su área de influencia (el combustible con el que se energiza el romanticismo, que se resiste contra ello) ni al shock cognitivo que produjo la catástrofe humana de la Primera Guerra Mundial (de lo que se desprenden las derechas “reaccionarias-modernistas” a las que pertenecía Schmitt). Pero seamos buenos entre nosotros: podemos coincidir en que vivir este experimento de ingeniería social que es la Argentina hoy, con un «presidente avatar» es una experiencia, de mínima, intensa. Porque Milei todavía es, entre otras cosas, el santo patrono de los descosidos, abanderado de los espiritualmente quebrados por un salto de Modernidad mal gestionado para los cuales el peronismo no supo o no quiso subir a la ambulancia, escuchar, atender, cuidar. Fenómeno mundial que acá se mixtura con las especificidades de un país que no encuentra su lugar en el mundo hace medio siglo. Además de que estamos muy cortos de herramientas para enfrentar lo que se nos viene encima (o sea digamos, tenemos al adalid del transhumanismo y la cibervigilancia Peter Thiel boludeando y sacándose fotos por los barrios porteños). Pero volviendo a la conexión con los románticos y Schmitt: en definitiva se trata de tres momentos, de tres primeros cuartos de siglo, en los que reaparecen por un lado el desamparo trascendental ante la incertidumbre que presentan futuros difusos, y por otro, su contracara, que es la nostalgia -generalmente improductiva.

  “Llamadme como quieras, menos romántico”. Cuando Schmitt escribía estas líneas para prologar su ensayo Romanticismo político, el clima político y cultural de la Alemania de Weimar ya se dirigía a toda velocidad hacia esa síntesis entre nacionalismo romántico, ultra  estetización de la violencia y tecno-optimismo que terminaría contenida in toto por el partido nacionalsocialista. Estaban naciendo aquellas «nuevas derechas» que Joseph Goebbels llamaría el stählerne Romantik, «romanticismo de acero» – un romanticismo reconciliado con la máquina, la industria pesada y la fascinación con las posibilidades de destrucción masiva. Mientras los Spenglers y los Jüngers de la vida se preocupaban por cómo apropiarse de la herencia conservadora del romanticismo pero divorciándola de su pastoralismo característico, Schmitt hacía el diagnóstico contrario. Para él, en su nacionalismo católico sui generis, casi vanguardista (aunque parezca un oxímoron), cualquier intento serio por consolidar algo distinto para la Alemania del futuro, que pudiera recomponerse de la humillación del Tratado de Versalles, debía despegarse de toda ligazón con esa tradición particular de la derecha germana. Su libro es un manifiesto anti-romántico.

  Un resumen rápido para que se entienda bien con qué se estaba peleando tan ofuscado el querido Schmitt. El inicio y las características del Romanticismo como corriente estética y política son discutibles si uno quiere ponerse riguroso. Posiblemente empiece con un joven Herder, todavía en el último tercio del siglo XVIII, descubriendo el concepto del «espíritu de los pueblos» para contraponerlo al racionalismo que crecía en su época. Pero hay dos cosas que son bastante certeras. La primera es que si uno tuviese que escribir una biografía política del siglo XIX estaría forzado a darle protagonismo, centralidad. Y la segunda es que se trata, en su origen, de un fenómeno alemán. Quizá un fenómeno barrial de Jena que se fue de las manos. Y que la camada originaria fue un grupo de jóvenes que, desilusionados con el progresismo de la Revolución Francesa y su intención de barrer con las tradiciones europeas y el Antiguo Régimen en su conjunto, terminaron refugiándose en el catolicismo — al que se convirtieron de grandes — y reivindicando la «tradición» alemana contra la Modernidad. La Kultur (dicho mal y pronto: lo nacional) contra la Zivilisation (idem, lo global). Es decir que en Alemania, a través de sus distintas regiones, el Romanticismo está asociado a la Contrarrevolución; a la resistencia contra el racionalismo individualista que irradiaba de Francia e Inglaterra y sus intentos por reemplazar a Dios como organizador de la vida social; al rechazo del liberalismo, del mercado, del parlamentarismo y de la decadencia burguesa — todo ello más tarde atribuido al judío internacional — como influencias corruptoras. En pocas palabras, a la construcción de una identidad propia para un pueblo alemán que todavía no terminaba de nacer. Decepcionados con los jacobinos -a los que habían bancado y de los que habían intentado ser referentes en su país- algunos (los más talentosos) como Novalis y Hölderlin, terminaron como escritores y dramaturgos (y enloquecieron), otros (los más inteligentes) como August W. Schlegel y Schelling terminaron como ensayistas y filósofos; y algunos otros (posiblemente los más pillos) como Adam Müller y Friedrich Schlegel, terminaron siendo funcionarios. A esta altura quizás los lectores más o menos avispados y al tanto de los debates twitteros ya estarán empezando a adivinar hacia dónde queremos ir con todo esto.

  Schmitt tenía claro que sus propias ideas alrededor del estado de excepción, de la representación y del poder soberano también eran fruto de una reacción ante el desamparo trascendental de la Modernidad europea, cuyos influjos seguían cambiando la configuración de su patria. Que se encuentra ahí la misma resistencia contra la secularización de todos los ámbitos de la existencia humana que había dado origen al romanticismo como sensibilidad histórica, intelectual y estética. El mismo intento de detener la reducción del hombre a un mero cálculo matemático. Aquello que Schmitt llama la “neutralización liberal-economicista de la decisión política” y que busca nombrar el mismo malestar que el romanticismo del siglo anterior había denominado simplemente “espíritu del desencanto”: la técnica avanzando sobre lo que nos hace humanos. La misma preocupación, dicho sea de paso, que anima la última encíclica papal, Magnifica Humanitas. Pero el problema para Schmitt no es la nostalgia que despierta esta sensación de vacío ante la experiencia sublime del progreso. Esa nostalgia, en definitiva, es una constante antropológica de la modernidad: el problema para él es qué hicieron los románticos con esa nostalgia. El problema es que la hayan estetizado, convirtiéndola en un motivo poético en lugar de un motor para la acción transformadora. Lo que le interesa es señalar la debilidad estructural de la vía artística y literaria que proponían los románticos, que reaccionaron al avance de la modernidad capitalista y liberal ofreciendo imágenes estéticas, abstraídas de la realidad, del “pueblo”, la “tradición” e incluso del feudalismo, para convertirse ellos mismos en escritores y a lo sumo burócratas dilettantes. Es decir, lejos del perfil político en serio de los militantes contrarrevolucionarios -políticos activos que asumieron responsabilidades y riesgos- los románticos fueron poco más que poetas que encontraron un objeto para embellecer.

  Schmitt rescata, en la misma línea, tres nombres no alemanes como contraejemplos exactos del ocasionalismo. Edmund Burke, irlandés, miembro de la Cámara de los Comunes durante casi treinta años, peleó cada una de las posiciones que defendía en el Parlamento británico — la causa de las colonias americanas en los años setenta, contra la Revolución francesa en los años noventa — sabiendo que cada postura le costaba aliados, vínculos y posibilidades de crecimiento personal. Joseph de Maistre, saboyano, embajador del rey de Cerdeña en San Petersburgo durante quince años, escribía sus libros sobre la Providencia y la Contrarrevolución entre misiones diplomáticas reales que le exigían decisiones cotidianas con consecuencias geopolíticas. Louis de Bonald, francés, diputado durante la Restauración, ministro, par de Francia, defendía cada uno de sus principios en debates parlamentarios concretos donde había que contar porotos y ganar votaciones. Los tres eran conservadores, verdaderos contrarrevolucionarios; los tres escribieron prosa de altísimo vuelo sobre la tradición y el orden; los tres quizás podrían haber sido confundidos con románticos por un lector apurado. Pero ninguno de los tres lo era. Ninguno de los tres hacía de la palabra un fin en sí mismo: los tres decidían, obligados por aquello que consideraban justo.

  “Solo en una sociedad disuelta por el individualismo la productividad estética del sujeto pudo ponerse a sí misma como centro espiritual, sólo en un mundo burgués, que aísla al individuo espiritualmente, lo remite a sí mismo y carga sobre él todo el peso que, de otro modo, estaba repartido jerárquicamente entre las distintas funciones de un orden social.” Para Schmitt, el romanticismo cree poder ser una resistencia contra el influjo del racionalismo moderno, cuando en realidad es un efecto del mismo. Para Schmitt los románticos eran esencialmente “ocasionalistas”, porque “romántico” sería aquel que considera al mundo como “ocasión” y oportunidad para romantizar, es decir para estetizar elementos, adornarlos. Esto desbarata el lugar común que identifica romanticismo con conservadurismo: para Schmitt, la Revolución es tan potencialmente romántica como la Restauración; lo que las diferencia del ocasionalismo es la decisión por lo justo. Ahí está el punto nodal de toda la argumentación de Schmitt, lo que le opone a lo que entiende como la técnica comiéndose al humano y su capacidad de decidir: para él todo depende de que se pueda distinguir lo justo de lo injusto. Esa capacidad es el principio de toda energía política. Antes de la distinción entre “amigo” y “enemigo” por la que se hizo famoso. Y esto es lo que nos gusta de Schmitt: que contra el conservadurismo banal, sobreideologizado y narcisista de los románticos defienda la acción humana audaz, la intromisión de la voluntad en la realidad para transformarla. Hay que recordarlo todas las veces que se pueda y siempre va a ser oportuno: tenemos un ejemplo heroico que ilustra bien la actitud que se nos demanda a todos los que queremos hacer política, y que está en el centro de nuestro poema nacional: el arrojo de Cruz ante la injusticia que ve que la partida policial a la que pertenece quiere ajusticiar a Martín Fierro, que está en desventaja numérica, y elige pasarse de bando contra todo pronóstico y contra su propio interés. El mismo reconocimiento de la injusticia que desata la furia de Juan Moreira cuando el tano Sardetti y el juez de paz lo quieren cagar, que lo hace dejar de medir consecuencias y lo mitifica ante el pueblo, que siguió su figura con una devoción casi religiosa.

   II.          Romanticismo productivo

  No se trató ni se trata de exigirles compromiso político activo a todos los escritores, artistas o pensadores. Con total certeza se puede afirmar que Schmitt podía disfrutar una tarde leyendo Los discípulos de Sais de Novalis o El gato con botas de Ludwig Tieck (yo prefiero a Schiller y a Goethe pero va en gustos). Tampoco se trata hoy de exigirles a todos los comunicadores, analistas y humoristas (especialmente a los que son todo eso junto y lo hacen bien) que supediten sus mentes y sus potenciales creativos a la lógica de una organización política, como han demandado algunos compañeros – legítimamente, por supuesto, aunque no compartamos. Se trata del gesto humilde, poco ambicioso, de separar la paja del trigo para poder avanzar desde el pantano ruidoso en el que entramos todos totalmente groggys por la piña que nos comimos en las elecciones del 23. La diatriba de Schmitt es contra el hobbyismo político, contra la política como pasatiempo emocional en lugar de como construcción de poder para intervenir en la realidad; como forma de proyección netamente identitaria en lugar de la asunción de un compromiso vital.

    Ese hobbyismo político, para Schmitt, se encarna con claridad en la figura de Adam Müller. Müller venía de otro palo, y empieza a ganar relevancia cuando se termina de disolver el primer momento revolucionario, vanguardista, experimental e incluso pro-jacobino del primer romanticismo, el de Jena, y comienza la deriva conservadora. Su perfil era más bien otro: no era ni un pensador ni un artista. Era una especie de politólogo de ahora, de la cepa vendehumo. Fue diplomático y publicista. Viajaba entre Berlín, Viena y Dresde, escribía sobre la nación y sobre el pueblo en prosa de alto vuelo, frecuentaba la corte y los salones, y en 1813 entró. Con Schlegel, su amigo, hicieron el mismo recorrido: pasaron del ateísmo juvenil a la conversión católica, del catolicismo a Viena, y en Viena a Von Metternich le pareció que valía la pena pagarle a este influencer político con un cargo, desde donde redactó manifiestos contra Napoleón. Algunos lo llamaron sofista. La acusación apuntaba hacia el mismo lugar que señala Schmitt cien años después, que es esa unión entre subjetivismo y sensualismo que suprime toda objetividad y reduce la argumentación sustantiva a una productividad arbitraria del sujeto. Es decir, cuando el orador en cuestión no siente otra necesidad que la de hablar bellamente y no conoce otra satisfacción que la alegría por la forma lograda y artística de su discurso. Ese es el núcleo de lo que Schmitt llama romanticismo ocasionalista: una incapacidad fundamental de pensar la política por afuera de la intervención narcisista y edulcorada de la palabra propia que describe procesos como si eso cambiara el rumbo de la Historia. Siempre a través de caracterizaciones, alusiones y comparaciones combinatorias — a menudo excitadas y tumultuosas – y siempre carentes de decisión, responsabilidad o riesgo y sobre todo compromiso con otros.

  La actividad política desaparece como posibilidad, y en su lugar queda únicamente la crítica, que puede discutir, ideologizar y estetizar todo: tanto la revolución como la restauración, la guerra y la paz, el nacionalismo y el internacionalismo. Müller era de esos que podían escribir hoy una oda a Robespierre y mañana un panegírico del orden estamental medieval exaltando la condición del espíritu del pueblo austríaco. Las dos cosas eran, para él, ocasiones igualmente nobles para el ejercicio de su prosa. Lo que está diciendo Schmitt, para ser claros, es que le molesta la gente que se muere por estar al frente de la novedad desde alguna orga universitaria de izquierda a escribir sobre lo virtuoso y trascendental de servir a la cruzada popular (y por lo tanto conservadora) contra el progresismo “gorila”. Yo lo matizaría un poco, creo que es bueno que la gente cambie de opinión. Aunque quizás se puede hacer con un poco menos de soberbia. No hace falta comprar el combo completo en todas las partidas: es verdad que ahí se mete la dinámica de las redes sociales, pero es sano recordarse diariamente que tener al alcance la posibilidad de meterle más ruido insoportable a la discusión pública no significa tener la obligación de meterle más ruido insoportable a la discusión pública.

  El concepto schmittiano de ewiges Gespräch — conversación eterna — es directamente aplicable al ecosistema digital. Schmitt acusaba al romanticismo de quedarse en la conversación eterna como sustituto de la decisión: hablar, ironizar, considerar todas las posibilidades, nunca cortar. El feed de Twitter, el thread, el quote tweet recursivo, el clip que responde al clip que responde al clip son la realización contemporánea perfecta de esa neutralización de la política como accionar humano radical que Schmitt acusaba a los pseudointelectuales y poetas románticos de fomentar hace un siglo. Nosotros tenemos que evitar que nuestro propio ocasionalismo se extienda infinitamente. Cualquiera que haya pasado dos horas seguidas en el rincón politizado de las redes sociales argentinas de los últimos dos años sabe cómo funciona. El intelectual o pseudointelectual — la línea es porosa — que se sienta frente a la cámara; que habla con esa cadencia del que anuncia que lo que está por decir es una verdad que nadie se había animado a pronunciar antes; que sobrevuela el debate del día con la minuciosidad del que sabe que va a ser clipeado; que recuerda algo que escribió Perón (o si quiere tirar una más culta y provocadora se va a Primo de Rivera); y que obsesionado por “lo que en verdad piensa y quiere el pueblo”, construye una entelequia y le atribuye las opiniones que él mismo viene a confirmar. Y funciona: todo un ecosistema endogámico de citas, entrevistas, peleas de nicho. Ese ecosistema es el ocasionalismo del siglo XXI. La corte de Metternich con micrófono Shure. Y en ese “volver a lo popular” después del supuesto desvío que nos impuso la élite progresista de académicos iluminados.

  Porque hay problemas concretos, pero están en otra parte. La Argentina (el mundo) está atravesando lo que posiblemente sea el salto de Modernidad más brusco de su historia. La inteligencia artificial está produciendo, ahora mismo, una brecha cognitiva que va a ser la brecha social estructural de la próxima generación. Los Estados provinciales y municipales están desfinanciados, quebrados. A medida que abandonan su función de sostén social van siendo reemplazados por estructuras territoriales del narco. Quebrada también está una parte importante de nuestra dirigencia: espiritual, moralmente. Los hijos de los trabajadores, que la educación pública sarmientina había convertido en argentinos durante un siglo y medio, a la deriva, abandonados a la suerte del algoritmo, las apuestas deportivas y los influencers vendedores de cursos para hacerse millonario. Una generación entera de pibes que va a entrar al mercado laboral en los próximos diez años sin la más remota idea de cuáles van a ser los parámetros de su competencia con modelos de lenguaje y sin el attention span necesario para ver una película de 1 hora y media de corrido.

  Un pequeño comentario sobre esa “élite progresista” antes de pasar a la propositiva. La reacción (fundamentalmente comunicacional) inmediata tras la derrota profunda -electoral, política y cultural- del 2023 fue un rechazo exacerbado, furibundo, de todo eso que empezó a llamarse “progresismo”. Y es entendible: en este país se discutió si decir “quilombo” era racista y el presidente que no tomaba decisiones decía haber abolido el patriarcado. Pero muchos de los debates twitteros de estos últimos dos años -cada vez más aburridos, con protagonistas cada vez más psiquiátricos- son fruto de un malentendido semántico. Si uno tuviese que atomizar el “progresismo” en las causas concretas que le dan su razón de ser lo que terminaría observando es que salvo algún fantasma que necesita sentirse visto provocando con un sobregire templario, lo que realmente se quiso poner en cuestión no es tanto el progresismo per sé sino su pedagogía permanente de buenismo. Porque progresistas son (somos) todos: hasta el más católico de los influencers del postkirchnerismo devenido Guardia de Hierro fuma porro mínimo semanalmente, está a favor de que los y las homosexuales se puedan casar y no se arrepiente de haber militado la despenalización del aborto. Lo digo sin ironía y sin pose: no conozco un solo cuadro del peronismo digital que en una sobremesa diga seriamente que habría que prohibir el matrimonio igualitario o derogar la ley de identidad de género. El sentido común de la generación que hoy tiene entre treinta y cincuenta años las incorporó como horizonte irrenunciable. Y tampoco debería ser un problema para nadie que existan grupos que quieran llevar el asunto más allá, hacia formas de la identidad que todavía ni sentimos nombrar. El problema es esa lección permanente que se le da al votante imaginario sobre temas que ya internalizó hace una década. Es la moralina, la sospecha estructural sobre cualquier diferencia de matiz como si fuera una traición a un Bien Social del que solo un club muy selecto participa con plenitud. Otra forma del ocasionalismo: el embellecimiento simbólico de un gesto moral que no le cuesta nada a quien lo hace y no le cambia nada a quien lo recibe.

   “Si no tenemos pueblo, no tenemos ningún público, ninguna nación, ninguna lengua ni arte poética que sean nuestros, que vivan y obren en nosotros (…) entonces escribimos perpetuamente para eruditos de gabinete y para asquerosos reseñadores (…) hacemos obras que nadie entiende, nadie quiere y nadie siente” escribía Johann Gottfried Herder, acaso el verdadero origen del romanticismo, a finales del siglo XVIII. Acá se cifra un elemento central de este universo, que se puede leer con otra lente a la del “ocasionalismo”: más allá de la denuncia del gesto masturbatorio que realiza Schmitt (pensando más en su propio presente), existía un anhelo por atesorar lo que aparecía como una tradición popular débil, que explica algunos de los trabajos filológicos y poéticos más característicos del romanticismo alemán. En una Alemania fragmentada, incluso no-nata, la preocupación es por crear al pueblo nacional para después poder montar todo el andamiaje de la cultura letrada alrededor de él. Esa es la tesis de partida: yendo a buscar el folklore nacional, lo construyeron para que el pueblo alemán pueda reconocerse como un sujeto histórico con raíces propias. Es la paradoja nuclear de todos los folclores como conglomerados identitarios que forman parte de un Estado-nación: están construidos sobre lo existente en la vida cotidiana, que es múltiple, caótico, pero mediados por una intervención erudita. Y luego vuelve hacia lo popular, que lo readopta como propio. Como el Martín Fierro, escrito por un poeta político.

   Los trabajos de los hermanos Grimm, los grandes recopiladores de los “cuentos populares alemanes” (muchos de los cuales conocemos gracias a las pelis de Disney) es un gran ejemplo de este “romanticismo productivo”. De fondo, lo que hay es una discusión con el contractualismo, contra la identificación entre pactum societatis y pactum subjecionis, es decir con la idea de que la sociedad se inicia cuando el individuo se somete a la Ley del Estado. Para los románticos esa construcción no es un artificio que constituye una civitas sobre individuos abstractos, suspendidos en el tiempo y sin elementos preexistentes que los componen. Como había descubierto Herder, el espíritu nacional viene antes. Pero ¿cómo se alcanza la Verdad que porta ese pueblo, que como tal, todavía no existe? Los Grimm hacen laburo filológico, rescatan, articulan, reelaboran, modifican. Inventan un estilo e inventan una mitología, utilizando lo que van encontrando como arcilla. Van a buscar lo que hay, lo modifican y lo devuelven. Y con un impacto notable: esa labor permitió que, durante las guerras de liberación contra Napoleón, los sentimientos románticos y las imágenes de la naturaleza sirvieran como propaganda patriótica, instruyendo al pueblo sobre su propia fuerza y cohesión. El proyecto de los Grimm consistió en dotar a Alemania de un relato de búsqueda compartido, donde la identidad no dependía de un Estado unitario inexistente, sino de un pasado mítico y una lengua común que convertían a los alemanes en un «pueblo originario» con una misión histórica propia.

   Así como Schmitt escribe contra el ocasionalismo para interpelar a su propia época, nos urge recordar esta otra forma de la producción intelectual como contraposición a la sobre-estetización porque, al igual que en los territorios germanos de la europa finisecular, el peronismo parece estar, hace ya demasiado tiempo, sin poder darle nacimiento a su sujeto – que está ahí afuera esperando ser pensado, nombrado o ordenado como tal. Difícilmente pueda ser narrado individualmente frente a una cámara, porque está ahí afuera, latente pero disperso, repartido entre las esquirlas de la Argentina industrial que le dio origen antes de estallar en mil pedazos. Estamos empezando la discusión dando por sentado que todos sabemos qué es el peronismo, cuál es su pueblo y qué quiere, cuando quizás deberíamos arrancar mucho antes, revisitar sus elementos nodales. ¿Qué significa la justicia social en un capitalismo de plataformas donde los trabajadores parecen privilegiar sus libertades individuales por sobre cualquier otro valor? ¿En qué puede traducirse la noción de Bien Común en una sociedad atomizada por el algoritmo? ¿Qué comunidad es posible cuando los tres pilares sobre los que se pensó —el trabajo, la escuela, la familia— están, para una parte enorme de la población, totalmente detonados? Quizás, en síntesis, el peronismo tenga que ser el punto de llegada de nuestra prédica en lugar de seguir siendo el punto de partida. Quizás haya que contrabandearlo en el marco de la discusión moral que ya está sobre nosotros. Y quizás estemos en el momento Herder, de entender que hay una ausencia y que se necesita un método colectivo para suplirla. El momento de la convocatoria. 

  1. Lo que demanda la hora

  Contaba Beatriz Sarlo que trató con Néstor Kirchner solo una vez en su vida. Cuando éste era presidente, y Alberto Fernández, en ese momento jefe de gabinete, organizaba almuerzos con intelectuales en la Casa Rosada, a los que Néstor casi no asistía – uno creería que tenía cosas más importantes que atender, como seguir construyendo los cimientos de la mejor década argentina de los últimos 60 años. Una vez, creo que con Jorge Dotti (titular histórico de Filosofía Política en la UBA y, dicho sea de paso, quien prologa la edición en español de Romanticismo político que tengo en mis manos), Sarlo lo encara a Néstor y le empieza a explicar lo que ellos creían que tenía que hacer. “Sí, claro, vos quedate tranquila”, le respondió el otro con una sonrisa y la mano apoyada en el hombro. Le importó tres carajos. Yo reivindico eso. Y no estoy solo: lo reivindicaba la propia Betty, que decía “yo me seguí ocupando de escribir libros, el político era él”. Tampoco es una anécdota que intente retratar a un NK anti-intelectual, en lo más mínimo. Simplemente a un tipo que entiende que las cosas tienen que estar en su lugar. Uno creería que en big 2026 ya estamos en condiciones de empezar a acomodar el estante que nos pateó el fenómeno libertario. Ya está macho, si seguís alucinado con el supuesto aluvión zoológico que nos hizo ver como la new left del Partido Demócrata a esta altura es porque o sos un nenazo o estás cobrando de Santi Caputo.

  Somos peronistas: para outsiders ya estuvo Perón, que con esa impronta fundó el movimiento. El resto de los presidentes que nos gustan hicieron el caminito estándar: desde el Sur y Río Gallegos Néstor y Cristina, desde Lomas de Zamora Eduardo Duhalde, desde Anillaco Carlos Menem. El único que no gestionó localidad, sea provincia o municipio, fue Alberto, devenido hacía décadas en un librepensador y un “armador” más bien marginal. Estimo que nadie defenderá las armas que se trajo de esa escuela para dirimir y maniobrar el poder que llegó a tener. ¿Se agotaron los partidos? Puede ser, pero yo no conozco ni veo otra vía para el peronismo hoy. No pareciera que se pueda dar el salto tan fácilmente desde el streaming – lo prueba el fallido intento de uno de los mejores del ambiente, quién seguramente tendrá un futuro muy prolífico cuando finalmente juegue. El punto es que fantasear con la irrupción de algo que reorganice todo el sistema desde sus cimientos es poco más que romanticismo del más banal y boludón, útil solamente para cosechar un puñado de likes. Por ahora el “acontecimiento” de la época es Milei y acá seguimos: finalmente lo reabsorbió el sistema político del post-2001. La ola de “peronismo realmente existente” es un macrismo de malos modales y con centralidad discursiva en la batalla filosófica sobre el individuo y su relación con la vida social. ¿La militancia se agotó también? No puede ser una tesis aceptable si se nos aparece como una excusa de gente que está de lo más cómoda tirando postas desde torres del plastilina. Acá respetamos los rangos: al peronismo del que nos gusta hablar en redes sociales hoy lo sostienen los tipos que tienen la brocha en la mano y están pintando una escuela, un comedor o un club de barrio. Los que hacen que el conjunto de estructuras territoriales de la PBA le hayan ganado por 14 puntos a La Libertad Avanza en septiembre del 2025.

   Somos peronistas (y no hay motivos para dudarlo, en ningún caso): quienes asumimos esa posición como ángulo para el ejercicio activo de la política tenemos una responsabilidad que asumir. Haya sido bueno o no el periodo de los mil refugios identitarios y cada uno  fabricándose su nichito, el año que viene Milei se tiene que ir. Porque la Argentina no aguanta 4 años más de este gobierno de ocupación comandado por un desequilibrado que inyecta esquizofrenia en una sociedad ya de antemano demasiado vapuleada y neurótica. Y todos tenemos que estar a la altura del humilde aporte que podemos acercar a la mesa para salir de acá. La búsqueda narcisista de interacciones y el baiteo, por más palabras que le dediquemos a señalar que habilita debates que no se venían dando, que en realidad toda identidad es performática y la mar en coche, finalmente no hará ningún aporte para que se construya un país mejor, que pueda garantizar una vida digna para todos sus habitantes. Al debate por cómo usar la comunicación de la nueva era tenemos que abordarlo rescatando las prácticas de compañeros que ya le vienen acertando al mecanismo: desde un compañero santafesino que usa reels para contar lo que ve a medida que visita los distintos pueblos y las distintas unidades productivas de su provincia y escribe pidiendo más política y menos influencers; una joven porteña que intenta salir, ver y registrar cómo es el mundo del trabajo hoy para que podamos pensarlo y eventualmente organizarlo; una compañera que recorre los barrios de todo el país para entender qué experimentan, qué concluyen y qué sueñan los pobres de nuestros días y nos lo expone en distintos formatos. A los opinólogos, a los pseudointelectuales autopostulados representantes de lo “verdaderamente popular”, hay que darles el tratamiento que el peronismo les dio siempre: la palmada en el hombro de Néstor.

   Si bien Schmitt no menciona la faceta productiva del Romanticismo como corriente estética de la Alemania decimonónica, sí plantea una distinción clave. “Tenemos románticos políticos cuando lo que se necesita son políticos románticos”, dice (palabras más, palabras menos). Curiosamente, le dedica solo un par de líneas al concepto, lo deja ahí, como promesa. Lo que Schmitt está señalando es que el problema no es la imaginación romántica en sí misma —la capacidad de ser movido por imágenes, tradiciones, ideales— sino la estructura de la relación del sujeto con esas imágenes. Si el sujeto está al servicio de las imágenes, es un romántico político. Si las imágenes están al servicio del sujeto político, es un político romántico. Es decir que el político romántico es aquel que también tiene la cabeza poblada de imágenes —el mito nacional, la nostalgia del orden perdido, la figura del pueblo— pero a diferencia del romántico político, no funcionan como contenido cognoscitivo (algo que se contempla, que se pule hasta que brille y después se exhibe) sino como estrella que guía un accionar cuyo combustible es el ethos, la responsabilidad que nace de distinguir el Bien del Mal. Observa y comprende pero no describe y embellece, sino que interviene para organizar. Construye herramientas — propuestas, lenguajes, equipos técnicos, redes de discusión genuina, liderazgo — para poner a disposición de algo que es más grande que él y su cuenta de Instagram. Eso es, en pocas palabras, lo que intentamos hacer con Vino X. Sin pretensiones de grandilocuencia, con seriedad, cuidando las ansias excesivas de figuración y las trampas que trae consigo, sometiendo las decisiones comunicacionales a un criterio colectivo y a una estrategia de construcción política.

   El mesianismo sin espera del que hablábamos en el primer volumen de Parusía remitía a esta necesidad de construcción del sujeto. Acto y espera fundidos en el mismo gesto: trabajar como si el sujeto ya estuviera, sabiendo que está apareciendo precisamente porque uno se conduce a sí mismo de ese modo. La pregunta pertinente aquí no es solamente sobre el liderazgo, sobre la aparición de una autoridad que nos ordene y se fortalezca con la cosecha de nuestra siembra para enfrentar lo que demanda la hora y quebrar con las restricciones que se le intente imponer; sino sobre el sujeto representado. Como los Grimm, que cuento de hadas a cuento de hadas constituyeron el sustrato sobre el cual era posible que se erija una idea de país, un horizonte común para la nación. Se trata de otorgarle sustancia al liderazgo por venir, y para eso es condición necesaria abandonar la identidad fetichizada de un peronismo fosilizado para redes sociales: que boquita y Riquelme, que la Doctrina, que “¿qué me ha hecho Cámpora? Me ha llenado el gobierno de putos y de zurdos”. Esa es la tarea del quehacer político. De no estar a la altura seguiremos profundizando entre dirigentes que ante la duda eligen representar a otros dirigentes o consolándonos con peronismos municipales que gobiernan bien y ganan pero sin un Modelo y mucho menos un Proyecto Nacional. Como el que soñaron los románticos y como el que soñaba Perón.