Hacia una política exterior Argentina para el mundo de hoy

por Generación por el Desarrollo | 23 de Octubre de 2026
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El segundo cuarto del siglo XXI muestra un escenario atravesado por guerras, rearme y disputa entre grandes potencias, mucho más parecido al mundo previo a las conflagraciones mundiales que al que nos habíamos acostumbrado luego de la caída de la Unión Soviética. En ese contexto, Argentina aparece como un actor en decadencia relativa, merced a las sucesivas crisis que nos aquejan desde hace años. Nuestro peso relativo ha disminuido de manera consistente, tanto en el plano global como en el regional. Aquejados por problemas macroeconómicos y una asfixiante deuda con organismos multilaterales de crédito e inversores privados, nuestra relación con el mundo parece haber tomado un curso exasperantemente provinciano. Sin embargo, las circunstancias propias del reordenamiento internacional -paradójicamente, dada nuestra debilidad- dejan entrever oportunidades y escenarios propicios para una inserción al nuevo orden mundial emergente que frene este proceso y logre revertirlo, aunque sea paulatinamente.
Bipolar, pero con sabor multipolar
El sistema internacional atraviesa una etapa de transición crítica. No estamos ya ante el viejo momento unipolar posterior al fin de la Guerra Fría, cuando desde la academia y el establishment se anunciaba el fin de la historia. Tampoco asistimos a un orden multipolar estabilizado. La caracterización más precisa del presente es otra: un orden bipolar con sabor multipolar. Bipolar, porque la disputa estructurante del sistema está organizada de manera creciente en torno a dos grandes polos con capacidad de ordenar la competencia global: Estados Unidos y China. Multipolar, porque alrededor de esa rivalidad se mueven otros actores con capacidad de incidir, condicionar, bloquear, negociar y ampliar sus propios márgenes de maniobra.
Esa es la clave de lectura del momento. No hay una sola potencia capaz de disciplinar al resto en todos los aspectos, pero sí existe una competencia central que reordena cadenas de suministro, alianzas de seguridad, flujos tecnológicos, corredores logísticos, mercados energéticos y estrategias estatales a escala planetaria. Aunque el eje del conflicto mundial se desplace hacia el Pacífico, no por eso dejan de ser decisivos el teatro europeo, Medio Oriente, África o América Latina. Al contrario, todos los escenarios son codependientes.
En torno a Estados Unidos se articula un bloque occidental que combina alianza militar formal, coordinación tecnológica, cooperación de inteligencia y presión económica. La guerra en Ucrania reforzó a la OTAN, elevó los presupuestos militares europeos y consolidó el liderazgo estadounidense en materia de seguridad atlántica. Pero ese bloque no es homogéneo. Europa enfrenta costos energéticos, fatiga fiscal, tensiones migratorias y divergencias estratégicas respecto de cuánto seguir a Washington en todos los frentes. La relación transatlántica sigue siendo central, pero está lejos de ser armónica. De allí que el bloque occidental conserve cohesión, aunque no unanimidad. La propia potencia que lo encabeza trata a sus aliados con la misma lógica transaccional con la que enfrenta a sus rivales. Washington logró que la OTAN se comprometiera a llevar el gasto en defensa al 5% del PBI hacia 2035 y presiona a sus socios más antiguos allí donde encuentra un punto débil. Gana negociaciones, pero en cada una desgasta la confianza sobre la que descansó durante ochenta años su hegemonía.
Del otro lado no existe un bloque equivalente, compacto y plenamente orgánico como lo fue el Pacto de Varsovia durante la Guerra Fría. Se observa una convergencia parcial entre diversos actores heterogéneos. Otrora polo indiscutido, Rusia actúa como una potencia revisionista y fuertemente militarizada, pero deteriorada y en declive. China, en cambio, despliega una estrategia de competencia sistémica mucho más compleja y de largo plazo, basada en comercio, finanzas, infraestructura, innovación tecnológica, expansión militar y proyección diplomática. Moscú y Pekín no constituyen una alianza total, pero sí comparten el objetivo de limitar la capacidad de coerción occidental y despojar de eficacia al orden liberal dirigido por Washington. Esa coincidencia táctica constituye una de las bases del presente desorden mundial.
A su vez, potencias regionales fluctúan entre los polos persiguiendo objetivos propios que muchas veces no siguen un patrón definido. Las alianzas son de corto plazo, cambiantes y guiadas por intereses particulares, pero con consecuencias a escala global. La actualidad de los conflictos confirma esta lectura: la guerra en Ucrania, el conflicto en Medio Oriente o la tensión en el Indo-Pacífico se entrelazan de manera compleja y decisiva.
Asimismo, la emergencia de una «carrera armamentística» en torno al desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) asoma en el horizonte como un factor determinante para el resto del siglo, similar a lo que representó durante la segunda mitad del siglo XX la tensión nuclear y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En esta contienda, los estados se entrelazan con poderosas corporaciones tecnológicas que centralizan cada vez más influencia mediante sus productos y su capacidad de cabildeo. La aparición de los ultrarricos, ligados en gran parte a esta industria, marca un punto de quiebre en la dinámica capitalista que resulta indispensable comprender para navegar las aguas turbulentas del mundo actual.
América Latina no aparece hoy como una zona de conflicto directo, pero sí como un espacio de disputas. En este marco, la región enfrenta un dilema persistente: o gana densidad política y estratégica para negociar mejor con todos, o queda relegada a la irrelevancia y a la subordinación. Los países con mayor capacidad de maniobra son aquellos que combinan escala, profesionalismo diplomático, mercado interno y articulación regional. Para la Argentina, esta constatación debería ser elemental. Lamentablemente, la gestión actual desecha esta lógica a cambio de una estrategia de adhesión ideológica y personal.
Una política exterior vasalla
La política exterior del gobierno de Javier Milei no parte de una lectura estratégica del orden internacional ni de un cálculo racional del interés argentino. Por el contrario, Milei eligió convertir la política exterior en un escenario de afirmación identitaria y de alineamiento automático. En vez de maximizar la autonomía en un contexto conflictivo, optó por sobreactuar pertenencia a una supuesta «alianza de naciones libres» articulada en torno al trumpismo, la nueva derecha global y el alineamiento absoluto con Washington y sus aliados ideológicos.
Ese enfoque entraña un primer problema de fondo: confunde la relación con Estados Unidos con la subordinación a la administración republicana. El vínculo no busca una asociación estratégica, sino una validación sectaria. Cinco viajes a Estados Unidos en lo que va de 2026 -el último de ellos para recibir premios en Washington sin siquiera reunirse con Trump- lo ilustran con claridad. Esto da paso al siguiente problema: la ideologización extrema de las relaciones internacionales, que convierte al Palacio San Martín en un brazo político-partidario. Así, Argentina perdió la oportunidad histórica de formar parte de los BRICS+, distanciándose de un socio fundamental como Brasil y restándole margen de acción y autonomía al país. Resulta ilustrativo notar que en ese grupo convergen naciones a las que Estados Unidos considera cercanas, como India y Arabia Saudí.
La degradación de la política exterior suma un capítulo específico en el deterioro del profesionalismo del cuerpo diplomático. No importa la tradición diplomática argentina, ni la consistencia técnica, ni la racionalidad, sino la obediencia a la línea personal del presidente. De este modo, la política exterior deja de ser una política de Estado y se convierte en una extensión de la voluntad individual.
Todo esto redunda en una débil inserción global en medio del contexto volátil actual. El maltrato a Brasil y al MERCOSUR o el abandono de posiciones tradicionales -como el apoyo a la solución de los dos Estados en el conflicto israelí-palestino o la votación persistentemente aislacionista en las Naciones Unidas- lesionan el interés nacional. El alineamiento incondicional con intereses ajenos pone en riesgo la seguridad ciudadana y cuestiones centrales de nuestra identidad, como el reclamo por Malvinas o el prestigio internacional en materia de Derechos Humanos construido desde el retorno de la democracia.
La Argentina no debería involucrarse en la retórica de una cruzada ideológica global, sino enfocarse en fortalecer sus vínculos productivos, energéticos, comerciales y políticos con la región y el mundo. Desconocer esto no es audacia: es frivolidad geopolítica.
Una estrategia argentina para este mundo en disputa
Frente a este cuadro, la alternativa consiste en una propuesta de política exterior soberana, pragmática, anclada en la región y orientada al desarrollo. Una política que lea correctamente el orden existente y actúe en consecuencia. Para ello se requiere recuperar la tradición histórica de autonomía relativa; no entendida como neutralidad pasiva ni como aislamiento, sino como capacidad de decisión propia en un mundo de bloques en disputa. La mejor tradición de la política exterior argentina nunca consistió en el seguidismo automático, sino en preservar márgenes de maniobra, negociar con múltiples actores y defender intereses nacionales permanentes.
Esta postura debe entenderse sin ingenuidad. No se trata de ir contracorriente ni de lanzar consignas propias de la Guerra Fría, sino de ejercer una práctica sensata que amplíe los márgenes de maniobra dentro de los límites impuestos por el tamaño de nuestra economía y nuestro peso global. El excanciller peronista Juan Carlos Puig la definió hace más de cuatro décadas como autonomía heterodoxa: la propia de un país periférico que no desafía los intereses vitales de la potencia dominante, pero se reserva el derecho de definir su modelo de desarrollo, sus vínculos internacionales y la defensa de sus intereses permanentes. Una autonomía de esta naturaleza se construye con capacidad económica, fortaleza diplomática, solvencia militar y escala regional.
Desde esa perspectiva, el primer paso es la integración regional por estricta sensatez estratégica. Sin escala sudamericana, nuestra posición negociadora se debilita. Una política exterior alternativa debe reconstruir el vínculo estratégico con Brasil, fortalecer el MERCOSUR como plataforma productiva, comercial y política, ampliar la coordinación en energía, logística, infraestructura y defensa del Atlántico Sur, y utilizar ese anclaje para posicionarse con mejor pie frente a las grandes potencias.
En segundo lugar, resulta indispensable entablar una relación madura con Estados Unidos y China basada en el pragmatismo y el interés estratégico. Se debe negociar con criterio soberano, atraer inversión útil, proteger sectores estratégicos, evitar enclaves y diversificar vínculos. Lo mismo aplica para Europa, India, el mundo árabe, África y otras potencias regionales. En un sistema internacional de rivalidades crecientes, la diversificación inteligente es sinónimo de autonomía.
Finalmente, es preciso profundizar la estrategia alrededor de los espacios marítimos y terrestres soberanos ocupados de manera ilegal por Gran Bretaña. Nuestro reclamo por Malvinas es irrenunciable. Esto exige sostener la causa en los foros con respaldo histórico -el marco de la resolución 2065, el Comité de Descolonización, la OEA y el MERCOSUR- en lugar de despreciarlos. Asimismo, requiere acordar con Chile, Uruguay y Brasil una política portuaria y logística común, ya que sin respaldo regional cualquier cerco sobre las islas resulta insostenible. También exige aplicar con método el peso de nuestro mercado -desde Vaca Muerta hasta los recursos pesqueros- frente a quienes participan de la explotación no autorizada en nuestro territorio.
Ninguna de estas herramientas alcanza si no existen capacidades propias. Disuadir, lejos de cualquier aventura belicista, significa elevar los costos de toda consolidación unilateral británica, además de poder vigilar, proteger y controlar un espacio marítimo marcado por la militarización de las islas, la pesca ilegal y la disputa por recursos críticos. Restituir el piso de financiamiento del FONDEF, finalizar con recursos propios la base naval integrada de Ushuaia -puerta de entrada a la Antártida- y apostar por la industria nacional de defensa, desde los astilleros hasta INVAP, constituyen la condición material de cualquier reclamo creíble. Sin esta base, la soberanía queda reducida a una formulación diplomática vacía o a un discurso por cadena nacional.
Nuestra bicontinentalidad representa un activo extraordinario que debemos explotar de manera inteligente. El desarrollo y fortalecimiento de las capacidades estatales -tanto en lo militar como en lo diplomático- es un eje fundamental para sostener efectivamente la soberanía. El capital humano desarrollado a lo largo de los siglos XX y XXI debe ser potenciado para actuar dentro de los límites de la realidad con la mayor libertad posible.
La política exterior debe volver a articularse con un proyecto de desarrollo. Nuestra proyección bicontinental, el desarrollo económico y la seguridad territorial y comunitaria forman parte de una misma estrategia nacional. En un mundo donde la competencia por recursos críticos, innovación tecnológica y control logístico se intensifica, la Argentina no puede resignarse a una inserción puramente extractiva. La política exterior tiene que ser concebida como una herramienta de soberanía política, independencia económica y justicia social al servicio de la grandeza nacional y el bienestar del pueblo.
Debemos ser capaces de leer el momento histórico y construir una estrategia acorde. En un mundo definido por la fragmentación, la volatilidad, las guerras abiertas, la carrera por la Inteligencia Artificial, la crisis del multilateralismo y la disputa por recursos, la Argentina no puede permitirse una política de vasallaje. Necesitamos profesionalismo diplomático, integración regional, pragmatismo multilateral y una inserción internacional alineada con el desarrollo nacional. Esa es la mirada alternativa que este tiempo exige.
