Nunca es fácil evocar la palabra tradición. Incierta, vaporosa, indefeinida y sinuosa. Su presencia confunde y genera duda en aquellos que pretenden definirla o traducirla. ¿Donde termina y donde empieza? Horacio González decía que con nombrar la palabra ¡pampa! la lengua ya tiene un peligro metafórico. Sospechamos que aquí sucede algo similar. Como la propuesta de esta revista es que dos espacios, organizaciones, colectivos o tribus debatan en torno a una propuesta es que podemos escapar de semejante tarea. A continuación Repliegue y Popurri nos dejan sus hipotesis.
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Liberar la tradición
La mejor fuente de sabiduría, valores y experiencias que tiene cualquier pueblo está en su tradición.
Las artes y las ciencias buscarán eternamente la verdad, la belleza, la felicidad y el bien común, pero desde la tradición van a poder comprender desde qué momento y lugar se deben hacer las cosas.
Si los pueblos fueran bosques, la tradición es el antídoto que potencia las raíces de cada árbol, logrando que cada uno pueda tener una misma savia interna, en cada punto del árbol, que le permita crecer, florecer y dar frutos en la actualidad.
La analogía de arriba era dicha de modo más elegante por dos argentinos, Perón y Francisco.
Si lo llevamos a la música, la tradición busca nutrir la frecuencia de todo lo que está vivo con una melodía que nos armoniza entre quienes estamos acá, con quienes vivieron otros tiempos y con la hermana madre tierra que nos tocó habitar.
La tradición descansa en nuestra sangre, nos llama desde adentro, la tenemos ahí, expectante, latente, y como toda sangre, sólo hace bien en cuanto está en movimiento.
La tradición se nos presenta como una circunstancia, un dato de la realidad: donde vivimos y en el tiempo en el que estamos, a nosotros nos tocaron determinadas tradiciones.
El problema es que muchas veces padecemos las circunstancias como debilidades más que posibilidades. “El ser humano no crece a pesar del límite, sino a través del límite”, se dice en Magnífica Humanidad. El límite cultural que nos toca es el único que nos permite crecer.
La tradición es la herramienta predilecta de los pueblos para ofrecer a sus hijos un proyecto civilizatorio.
En cada tiempo y lugar, a cada quien le tocó un durazno y su pelusa. La gracia nos brindó determinadas tradiciones, y estas ofician como una posibilidad de atravesar el límite del espacio, de todo lo que parece tenerse o visualizarse.
La tradición nos hermana entre pueblos, porque sólo en su búsqueda comprendemos que la verdad y la belleza se nos presenta en distintos envases pero con una igual esencia.
La tradición se imprime en lo cotidiano, es analógica. La tradición nos invita a estar.
Puede ser gritar un gol en la cancha, comer pastas un domingo en familia o tomarse unos mates con un amigo. Son ejemplos que nos hacen sentir que a pesar de todo lo que pueda doler o limitar, estar vivos tiene su sabor y un condimento común, nos acompañamos y compartimos sueños, las tradiciones se hacen en las buenas y en las malas.
Nadie eligió sus tradiciones. Bailamos tango, chacarera, cumbia, cuarteto, comemos pastelitos y choripanes, vamos a visitar a la Virgen y comemos locro en mayo con la escarapela y las malvinas.
Hay miles de ejemplos de cómo se manifiestan las tradiciones de un pueblo, en la religión o en la historia, en ocasiones especiales o en nuestra vida cotidiana. Algunas sobrevivieron al tiempo, otras lograron mestizarse en nuevas expresiones de cultura popular.
Como cualquier circunstancia, las tradiciones nos vinieron dadas en este mundo, son una gracia, porque entre todo lo negativo, existe una herramienta que nos permite construir otro presente distinto, más unido, mejor.
Otros, en otros lugares o en otros tiempos, tienen o tenían otras tradiciones. Nosotros tenemos las nuestras y, como todo, la única manera de que aporten su sabiduría es ponerlas en práctica.
En nuestras acciones, en nuestro trabajo, tenemos la experiencia de transformar la actualidad, hasta en lo más pequeño, dialogamos con la creación, con lo dado, para que nos devuelva hacia un nuevo estado de situación, de existencia. Cuando cumplimos una misión construimos nuevas circunstancias.
Como en toda práctica, el discernimiento es la llave principal, distinguir entre las cosas buenas y las malas, tomar lo positivo y analizar lo negativo para neutralizarlo, entender qué puede sembrar cultura, unirnos, consolarnos, y qué puede destruirnos, aislarnos o desolarnos.
La tradición, como herramienta civilizatoria, ofrece una mística a nuestra verdad histórica, es el sabor de nuestros intereses nacionales, el compás de nuestra sinfonía como pueblo en el concierto americano ante el mundo.
Nuestra tradición se presenta como una posibilidad concreta para construir a ciencia cierta una nueva actualidad: si honramos nuestras tradiciones en acciones y conductas, probablemente vamos a estar mejor preparados para concebir una misma misión como pueblo, donde cada uno trabaja su parte para el bien del conjunto, sin mirar hacia los costados más que para ayudar a los que tropezaron o se perdieron.
A la hora de definir con quién tenés que poner en práctica la tradición, siempre recordar la frase: “El fútbol es muy sencillo: hay que dársela al que tiene la misma camiseta que vos”.
La tradición, como fuente civilizatoria que se pone en práctica en lo cotidiano y de forma presencial, nos hermana a todos, empezando por el prójimo, el que está al lado, con quien podemos compartir nuestras tradiciones. Desde el acto escolar hasta las tortillas en la esquina, todos los que vivimos en esta tierra llevamos la camiseta.
Sin embargo, existen comportamientos que están atentando a la tradición.
La tradición sólo se manifiesta haciéndola y estando presentes.
Por el contrario, el uso compulsivo de dispositivos digitales, obtura la posibilidad de poner en práctica la tradición, o de al menos nutrirnos de sus beneficios. Se hacen menos encuentros, o se hacen con la cabeza gacha y la cara iluminada.
El ser humano, que convive entre límites y contradicciones, cuando es obnubilado por la inmediatez de un estímulo artificial, pierde capacidad de concentración, vive alterado, inquieto, fuera de eje al momento de cumplir las tareas que se propone.
La tradición, que nos invita a estar con los próximos en una de todos, que sintoniza el presente junto al pasado y la tierra, es atacada por una digitalidad que encierra y agacha.
Las luces nos están encandilando desde hace siglos, nada es nuevo, la tradición siempre invitó a estar y enseñar, y hace al menos 5 años buena parte de la población está desenchufada de su realidad inmediata de 5 a 7 horas.
Una frase tradicional dice: “Hacé lo que debés y está en lo que hacés”.
La tradición, como todo, es hacer el deber y estar en el hacer. La digitalidad, como siempre, nos aísla en el deber y te dispersa en el hacer.

Dejar el disfraz
Ser protagonistas de una historia hecha de contradicciones
«Nunca me detuve a pensar, profundamente, qué significaba ser argentino… Soy no más.» Atahualpa Yupanqui
Cada 10 de noviembre en la escuela, nos disfrazaban de chinitas o de gauchos. Mamá me hacía dos trencitas, comprábamos tortafritas, yo llevaba un mate (en esa época tenía más azúcar que yerba) y bailábamos con los profes un intento de chacarera o un gato, también recitabamos algunas líneas del Martín Fierro con poco éxito, ya que nadie sabía entonar. Me acuerdo del disfraz más que de cualquier otra cosa, y de sentir que era un acto más.
Cuando me puse a escribir esto fui a buscar de dónde viene la palabra «tradición», con la esperanza de que el diccionario me ordenara algo que la escuela nunca terminó de ordenarme. Encontré que deriva del latín traditio y del infinitivo tradere: transmitir, entregar. Un legado que pasa de una generación a otra y sigue construyéndose hasta hoy. Prolija, la definición. Pero rígida, punzante, con límites demasiado claros para lo que yo sentía en esos actos, disfrazada, esperando a que la tradición me ilumine.
Estoy segura de que esa experiencia es más normal de lo que parece; no me atrevo a decir que es la que todos tuvimos, pero sí una gran mayoría. La sentí despojada y poco situada: yo y mi alrededor vivíamos la tradición como expectantes, en tercera persona, con un disfraz puesto. No creo que esa fuera la intención de la escuela -todo lo contrario, seguramente en el fondo buscaban que recordáramos nuestro pasado, nuestras raíces, nuestro origen-. Y acá identificó un primer problema: la dificultad de hablar de nuestras raíces sin ser protagonistas de nuestra propia historia. La imposibilidad de comprenderla como algo activo, que se construye a través del tiempo (la propia definición lo aclara), que llega hasta nuestro presente y que va a contener nuestro futuro. Es algo lejano, algo que nos cuentan, que no terminamos de entender si sigue existiendo o la perdimos. O si la recuperamos volviendo al poncho y a las alpargatas. Pero, ¿qué es la tradición hoy? ¿Sigue siendo esa cosa inerte que vemos a lo lejos, o día a día la hacemos cuerpo sin darnos cuenta?
Ser no más
Atahualpa Yupanqui decía de sí mismo: soy mitad vasco y mitad indio, hijo de un padre ferroviario y de una madre vasca, maestra rural. Hay algo ahí: sentirse mitad civilizado y mitad bárbaro, con orígenes ligados a la civilización -el ferrocarril, una maestra dispuesta a educar- y a la vez a todo lo que esa civilización quería domesticar. Atahualpa encarna esa dualidad que compone nuestra historia como argentinos. Y nuestra tradición está muy relacionada con eso.
«El hombre es tierra que anda«, decía Yupanqui, e hizo cuerpo esa idea. Llevó su guitarra y su voz a pueblitos, ciudades, caminos, países, vientos, floras y continentes. Del algarrobo al cerezo japonés. De la pulpería pampeana a compartir escenario con Edith Piaf en París. A muchos les molestaba esto: renegaba en entrevistas cuando le preguntaban por qué no se quedaba en Argentina, a los demás les conflictuaba no poder encasillarlo en un poncho y en unas espuelas. En definitiva, era la antítesis de lo que esperaban de «lo tradicional argentino». Él respondía: Nunca me detuve a pensar profundamente, qué significaba ser argentino… Soy no más.
Y en ese «ser no más» siento que podemos acercarnos a ser protagonistas de nuestra propia historia; nos allana mínimamente el camino de vivir una tradición activa, viva, en pasado, presente y futuro. Nuestras historias personales reflejan ese «ser no más«. Como Yupanqui, la gran mayoría de quienes habitamos este suelo somos esa combinación contradictoria de mitad indio y mitad barco. Una dualidad que muchos intentaron comprender, otros remediar o simplemente aceptar.
El país que elige a un perdedor
En 1913, en el Teatro Odeón, Leopoldo Lugones dio una serie de conferencias que consagraron al Martín Fierro de José Hernández como libro nacional. Lo curioso de esto es que la Argentina de esos años estaba en pleno apogeo, con opulencia y un crecimiento demográfico impulsado por la inmigración, y aun así se eligió como arquetipo literario la historia de un perdedor, un gaucho desertor y perseguido, para identificarse.
Pero conviene decir con qué intención lo hizo Lugones: no fue un gesto inocente de identificación popular. Fue, en buena medida, una operación de la elite letrada porteña para fijar un «ser nacional» excluyente justo cuando el país se llenaba de inmigrantes que esa elite miraba con recelo. Y hay algo más: el propio Lugones llegó a justificar la desaparición del gaucho real -el de carne y hueso, mestizo- celebrando que se perdiera con él, según sus palabras, un elemento que consideraba inferior por su sangre indígena. Es decir: el mismo gesto que consagra a Martín Fierro como libro nacional lo hace vaciándolo de la sangre india que el propio gaucho llevaba encima, y usándolo, de paso, para cerrarle la puerta al recién llegado.
Quizás ahí, en esa apropiación torcida, haya también una parte de nuestra tradición: no solo la del perdedor que se vuelve símbolo, sino la de un símbolo disputado, que cada generación tironea para un lado distinto.
En las antípodas de Hernandez y Lugones está Jorge Luis Borges, que en «El escritor argentino y la tradición» (1953) propone algo muy distinto: una tradición más cosmopolita, que no se agota en un canon ni en un origen único. Escribe que la idea de que la poesía argentina deba abundar en color local le parece «una equivocación«, y remata: «nuestro patrimonio es el universo«. No hace falta exagerar la actuación de ser argentino, ni disfrazarse de tradición, para serlo otra vez se necesita ese «ser no más«.
Borges, además, no le da la espalda a lo gauchesco: hace un gesto que lo tensiona desde adentro. En «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz» (incluido en El Aleph, 1949) reescribe el Martín Fierro desde el punto de vista del sargento enviado a cazar al desertor. En el momento exacto en que debía cumplir con la ley, Cruz se reconoce en el hombre al que persigue «comprendió que el otro era él» y cambia de bando en medio del combate. El agente del orden se descubre bárbaro justo cuando más se le exige ser civilizado. Nadie gana. Las fronteras se corren de lugar y cargamos las dos a la vez.
Del poncho pehuenche a la biblioteca europea
Un siglo antes, en 1816, Manuel Belgrano al frente del Ejército del Norte, llevó al Congreso de Tucumán la propuesta de instaurar una monarquía constitucional con un descendiente de los incas como rey, con sede en Cuzco. Lo acompañaban en la idea el caudillo federal Güemes y el propio San Martín. Este último, meses antes de cruzar los Andes, mantuvo dos parlamentos con los pehuenches al sur de Mendoza: se sentó a negociar de igual a igual con el cacique Ñecuñan, con el cura Francisco -cuyo verdadero nombre era Ynalican, también pehuenche- y con otros cincuenta caciques. De ese encuentro San Martín salió con el paso seguro por la cordillera y, como gesto de esa alianza, con un poncho que los propios pehuenches tejieron para él.
Años después, en 1819, ante el inminente ataque español, San Martín arengaba a sus tropas: «Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar; cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada«. Después, Belgrano y San Martín donaron sus bibliotecas -repletas de cultura europea- a lo que hoy es la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
En esos gestos, y en esas vidas, se refleja otra vez la mezcla, el crisol: la tradición como algo que se decide, no solo se hereda. Los mismos próceres que soñaban una monarquía incaica llenaban sus bibliotecas de autores europeos.
Amalgama y algo más
Cada uno de estos ejemplos permite pensar la tradición argentina como una amalgama, literalmente: el término se usa para nombrar la mezcla de mercurio con otro metal, la unión de cosas de naturaleza distinta que no se funden del todo, que quedan unidas sin dejar de ser dos.
Esa mezcla la pensó a fondo Rodolfo Kusch, aunque él la llamaba mestizaje: «Esto facilitó la aparición del mestizo e hizo que este creara naciones. La diversidad entre el mundo europeo y América alimenta al mestizo espiritual y carnal […] alguna forma de conciliación debía existir, y ella adopta la forma carnal del mestizaje que mantiene un puente entre el indio y el blanco«.
Para Kusch, América vive partida en dos verdades: una es la naturaleza -lo que él llama, con dramatismo, «demoníaco»- y otra es la ficción de la urbe: «vivimos dos verdades, una ficticia, que percibimos, y otra real que apenas alcanzamos a vivir«. La ficticia tiene un pasado implantado, sin raíces propias, y está en constante seducción por lo natural. Frente a eso, el mestizaje funciona como un placebo: no logra conciliar la escisión, sólo la administra, la controla, hace de parche. Kusch no le tiene miedo a llamarlo drama: «El drama de América está en la participación simultánea del ser europeo y del presentimiento de una onticidad americana«. De hecho, uno de los capítulos centrales de La seducción de la barbarie se titula, literalmente, «El mestizaje mental o la superación negativa» -negativa, porque no libera del todo, porque no hay síntesis que gane-. El libro entero cierra con un capítulo que se llama «La integración histórica del fracaso».
Para Kusch, esta amalgama nunca dejó de doler: la tensión entre la tierra y la ciudad persiste. Hay una idea suya que resuena con particular fuerza hoy: «mientras el problema de la América mestiza oscile entre la vivencia de lo foráneo y la barbarie autóctona, permanecerá insalvable la frustración«. Dicho más en criollo: la ciudad -la ficción, el estado, la nación- necesita creer que dominó al paisaje; el paisaje -el suelo, el indio, el malón- sigue ahí, a pocos kilómetros, demostrando que la ficción nunca terminó de imponerse.
¿Dónde, exactamente? En ninguna escena remota: en la escena de todos los días. En la selección argentina desplegando, frente a las cámaras del mundo, un trapo que dice Las Malvinas son argentinas. En el cacique mapuche con pasado flogger. En la cajera de la despensa escuchando a Bad Bunny al palo. En los pibes haciendo picadas con las motos en la madrugada. En el paisano arreando ovejas en plena frontera entre Chile y Argentina. En la misa de todos los domingos. La tradición sigue viva; el poncho y las espuelas se transformaron en otros símbolos, cambiantes, vivientes -lejos de cualquier cosa inerte.
El poliedro
¿Cómo salir de esa tensión sin fingir que se resolvió, y volver a ser protagonistas en vez de espectadores disfrazados?
En diciembre de 1834, Juan Manuel de Rosas le escribió una larga carta a Facundo Quiroga desde la Hacienda de Figueroa, uno de los pocos textos donde dejó asentado, de su puño y letra, su pensamiento político. Ahí sostiene algo que todavía sorprende: el país no estaba listo para organizarse bajo una Constitución única. Antes había que dejar que cada provincia consolidara su propio orden, sus propias autoridades, su propia paz interna; recién después, con esas partes ya afirmadas en lo suyo, tendría sentido pensar una organización nacional que las contuviera sin borrarlas. No hablaba de fusión ni de un centro que mandara sobre todas: hablaba, de una confederación de autonomías.
Casi un siglo después, desde un lugar completamente distinto, el papa Francisco encontró otra imagen para decir algo parecido: el poliedro. No la esfera, lisa y uniforme, donde todos los puntos son iguales porque nadie tiene aristas propias, sino una figura de muchas caras, donde cada parcialidad conserva su forma y aun así compone, con las demás, una única imagen. Y Francisco pedía algo más, casi una instrucción de uso: «no reniegues la historia de tu patria, no reniegues la historia de tu familia, no niegues a tus abuelos: buscá las raíces, buscá la historia, y desde allí construí el futuro».
Hay una cosmovisión indígena que llega a un lugar parecido. Para los aymara, nosotros no le damos la espalda al pasado: lo tenemos por delante, porque es lo único que conocemos, lo único que podemos ver con los ojos de la memoria; el futuro, en cambio, queda a nuestras espaldas, oculto, incierto. Dos dualidades -una católica, una india- que terminan proponiendo lo mismo desde orillas opuestas: no se puede construir mirando solo hacia adelante, dándole la espalda a lo que ya fuimos. El poliedro necesita todas sus caras, incluidas las que no elegimos, para seguir siendo una figura y no una esfera vacía. Y la memoria aymara necesita tener el pasado de frente para poder caminar hacia lo que todavía no se ve.
Ser protagonistas, entonces, no es inventarse desde cero ni tampoco repetir sin pensar. Es algo del orden del «estar» que Kusch fue afinando a lo largo de su obra: no un «ser» fijo y abstracto, sino un estar situado, en relación, hecho con otros y con lo que vino antes.
Somos todas estas historias
Parte de ser protagonista es poder decir esto: soy las pastas tanas de mi abuela materna y las empanadas catamarqueñas de mi abuelo paterno.
Es también, en tantos otros, el intento fallido de hacer mbeju. Es quien empezó a bailar folclore de grande para entender de dónde viene lo que es, y es también quien se emociona hasta las lágrimas cuando suena una cumbia en un boliche porteño. Es quien aprendió a distinguir una papa andina de una común gracias a su verdulero boliviano. Todos aquellos que se fueron de casa para estudiar en la ciudad y jamás volvieron. Los apellidos mal escritos: tantas familias argentinas con un apellido distinto al que llegó. Aquellos que migraron y piden yerba cada vez que los van a visitar.
Todo esto -lo propio y lo de tantos otros- no nace de historias sueltas: es también lo que pensamos como espacio en Popurrí. Ahí discutimos la tradición no como una reliquia en peligro de extinción, sino como la tecnología social más resistente que tiene un pueblo: la que sobrevive a gobiernos, crisis y generaciones enteras que nunca se llegaron a conocer, -el mismo mate que tomaban los guaraníes antes de que existiera la Argentina sigue siendo, hoy, el pretexto para juntarnos-. Elegir a un perdedor como libro nacional, sostener la irreverencia igualadora que ya veníamos rastreando en el «ser no más» de Yupanqui -esa misma que “a mí qué carajo me importa” con la que un pueblo se niega a que le digan quién manda-, o imaginar un poliedro en lugar de una esfera: son formas distintas de decir lo mismo. Que borrar una tradición no es modernizar a un pueblo: es borrarle la memoria que lo hace reconocerse como algo con una historia y un destino en común. Y un pueblo sin esa memoria es mucho más fácil de manipular.
Todos somos, de un modo u otro, herederos de un mismo país que usó su propio símbolo más querido —un desertor, un perdedor, un mestizo— tanto para incluir como para excluir a otro. Si la tradición argentina es una amalgama, la pregunta que queda no es si la logramos integrar del todo, es: ¿alcanza con sentir que la contradicción nos habita, si esa misma contradicción también sirvió, tantas veces, para decidir quién entraba y quién se quedaba afuera?

