
Invitamos a dos espacios de divulgación histórica a discutir en torno a los usos de la historia en redes, sus tensiones, que debate se habilita, que sucede con el algoritmo. La propuesta fue reponer un debate mediante nota y respuesta. Pinta la historia escribió primero e Historias destacadas armó su texto en base al primero. A continuación, verán las notas juntas en el orden que fueron pensadas y escritas.
- Pinta la historia. ¿Qué historia divulgamos para nuestra Argentina?
La historia ha sido siempre un campo de disputa simbólico, con efectos en la realidad material que vivimos como comunidad. Marc Bloch, historiador francés de gran influencia en nuestra disciplina, dijo en la primera mitad del siglo XX que toda historia se escribe desde el presente. Eso hace que no importe cuán trabajados estén los asuntos del pasado por nuestrxs profesionales: cada generación hace preguntas nuevas o distintas, que nos obligan a revisar el relato sobre nuestro pasado. Y eso se hace, usualmente, volviendo a los mismos documentos que otros ya han revisado. La diferencia es que cuando se cambia el lente de observación, cambian los elementos que podemos encontrar en las fuentes, y podemos contar otras cosas.
Desde ya, cada nueva camada de historiadorxs se hace las preguntas que realiza su generación sobre su presente. El historiador o la historiadora, entonces, las lleva hacia el pasado. El ejemplo más explícito entre los recientes es la irrupción del feminismo como movimiento masivo y popular en la Argentina, a partir del año 2015. La historia, como todas las otras disciplinas científicas, se vio profundamente atravesada por las preguntas que volvió a traer dicho movimiento a la agenda historiográfica (pues muchas de ellas no eran nuevas). Los documentos históricos volvieron a ser revisados, esta vez buscando acción femenina en ellos. También florecieron los estudios sobre las masculinidades e incluso sobre las disidencias sexuales en el pasado (hasta para el período colonial). En definitiva, como también ha dicho Marc Bloch, uno es más hijo de su época que de sus padres.
Pero revisar la historia no implica empezar el relato desde cero. Por el contrario, se trata de rectificar lo que deba ser rectificado, y de sumar al sistema explicativo vigente lo que pueda ser introducido. Esto último, desde ya, genera cambios y nuevas preguntas en las otras variables explicativas. Y así cada nueva pregunta es como un terremoto dentro de la ciencia en general y la disciplina histórica en particular. Ambas requieren la puesta en marcha de procesos de producción colectiva, porque no alcanza la vida de ningún individuo para hacer una historia total.
De todos modos, quienes trabajamos en las ciencias sociales tenemos un problema muy notorio y recurrente. Cualquier estudiante de secundaria nos lo dice abiertamente: “toda historia es subjetiva”. Estamos trabajando y dialogando en una época posmoderna, entre personas que muchas veces ni siquiera creen en la veracidad de las fuentes en las que se basan las investigaciones. Si nos cuesta discernir entre noticias verdaderas y falsas, ¿por qué le creeríamos a un profesor o profesora que nos habla de algo que pasó hace siglos atrás, con pocos documentos que lo atestigüen?
Creemos que la universidad pública viene enseñando desde hace mucho tiempo cómo resolver estos dilemas, y es lo que hacemos desde Pinta la Historia: comunicamos el pasado a partir de las preguntas de nuestra generación, sin hacer una “historia a la carta”. El gran mal de esta época es el sujeto que, en vez de pensarse como miembro de una comunidad, se ve como un consumidor aislado con la potestad de descartar rápidamente todo lo que no le interesa. Los discursos de autoayuda del siglo XXI, difundidos permanentemente por redes sociales, nos imponen una soberanía del yo intransigente bajo el lema “no hagas nada que no tengas ganas de hacer”. Esta lógica se viene llevando todo puesto. Desde los vínculos hasta el consumo de historia. Si no me dicen lo que estoy buscando que me digan, me retiro. Y podés hacerlo porque, en general, todos nos estamos vinculando con el mundo más a partir del celular que de otros medios vivenciales.
Bajo esta lectura de la vida post-pandemia nació Pinta la Historia. Un proyecto de divulgación histórica que no reniega de las redes sociales, pero propone el encuentro presencial como instancia superadora de construcción de conocimiento histórico. Llevamos la pedagogía que usamos en las clases con “público cautivo”, a un bar donde la gente elige estar. Y a partir de las preguntas del presente, hacemos un recorte en el relato histórico que permita generar nuevas preguntas, y que también incomode. Esa es la relación directa de la historia con el presente: si no sabemos comprender la genealogía política, económica, social y cultural de la que venimos, difícilmente entendamos dónde estamos parados. Y también, difícilmente podamos discutir con lxs que pretenden construir otro proyecto de país, quienes muchas veces saben más que nosotros de nuestra propia historia.
Ejemplos de esto último también hay muchos. Hoy, posiblemente, el que está más en boga sea el de la última dictadura cívico-militar. ¿Cómo se gesta una dictadura? ¿Sucede de la noche a la mañana? ¿O el gobierno peronista previo tuvo parte de responsabilidad en la gesta del terrorismo de Estado? ¿Y a las organizaciones armadas cómo las pensamos?
Esas son las preguntas incómodas que hay que responder para que la historia tenga credibilidad. Y son, como dijimos, las que nos enseñaron a formular en la universidad pública. Porque si está bien hecho y se contemplan muchos ángulos de análisis a la vez, es inevitable que el relato histórico que construyamos tenga legitimidad.
Entendemos que quien nos escucha en una charla, ve un reel o visita un museo tiene que poder ver las luces y sombras del proceso histórico que pretende conocer. Los rasgos más benévolos y más terribles de los protagonistas. Porque su humanidad es profundamente contradictoria. Y aunque quienes escribimos la historia no podemos moralizarla, sabemos que quien la lea, escuche u observe lo hará. Terminará hablando de buenos o malos, aunque nosotros creamos que siempre es más complejo. Tal vez, entonces, el mayor aporte que podamos hacer como historiadorxs es el de invitar a comprender el accionar de las personas del pasado, a partir de las lógicas propias de cada proceso histórico. Así podemos hacer que los límites entre el bien y el mal se vuelvan más porosos, que no sean líneas inamovibles.

Una pregunta urgente
Creemos que hay una pregunta que es urgente. Y es que hay que volver a pensar cómo explicamos que toda comunidad necesita un Estado que financie la producción científica en general, e historiográfica en particular. Eso se vincula, inevitablemente, con el financiamiento de la cultura y la educación en la Argentina, y nos lleva a una pregunta inmediatamente posterior: ¿qué Historia hay que financiar?
En la Argentina han existido y existen varias instituciones históricas públicas que cumplen el rol de resguardar documentación valiosa del pasado. Las que en general nos vienen primero al pensamiento son los archivos documentales, tanto nacionales como provinciales, e incluso municipales. Pero también existen y han existido institutos que resguardan documentación y, al menos formalmente, también tienen entre sus funciones la investigación. Sin embargo, dichos espacios no siempre trasladaron sus producciones al ámbito científico-académico, sencillamente porque se veían rechazadas en sus puntos de partida.
Por poner algunos ejemplos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner creó en 2011 el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, luego cerrado por el presidente Mauricio Macri. Varios años antes, en 1995, Carlos Menem mandó a crear el Instituto Nacional Juan Domingo Perón, el cual ha sido cerrado por la gestión mileísta. Y mucho tiempo antes, en 1938, fue creado el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, que recibe dicho nombre también desde la gestión menemista y, al menos por ahora, persiste funcionando entre nosotros.
¿Pero cómo se justifica de cara a la sociedad el financiamiento de esos espacios? La complejidad es considerable, y el Instituto Nacional Manuel Dorrego ha sido un ejemplo de ello. Ante su creación, la AsAIH emitió un comunicado en el que expresaba su preocupación por el decreto de creación del instituto, en el que especificaba que el mismo se ocuparía de estudiar y reivindicar la vida y obra de un amplio conjunto de figuras históricas definidas como “los mayores exponentes del ideario nacional, popular, federalista e iberoamericano” y la participación de los sectores populares y las mujeres en la historia argentina. Según el decreto, además, el Instituto se ocuparía del “asesoramiento respecto de la fidelidad histórica en todo lo que se relacione con los asuntos de marras”.
Desde ya, los temas de investigación no eran un problema, pero sí lo era la corriente específica de interpretación histórica de la que el Instituto toma su nombre: el revisionismo histórico. Dicha corriente está profundamente asociada al ideario peronista, y hasta hoy en día en las unidades básicas los compañeros y compañeras se forman con sus libros. Nos referimos a las obras de Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche, Rodolfo Ortega Peña, Jorge Abelardo Ramos y José María Rosa.
Los problemas de esta decisión han sido obvios, pero fueron guardados debajo de la alfombra porque siempre parece haber temas de discusión más urgentes que los de la construcción de un relato histórico nacional. Fundamentalmente, los problemas han sido dos. Uno, que es el más evidente, fue la partidización oficial de la historia desde el Estado gobernado por el kirchnerismo.
Esto, por supuesto, no era novedad. La primera politización oficial de la historia tuvo lugar con la historiografía liberal, que terminó siendo la postura canónica argentina durante gran parte del siglo XX, y que se reflejó tanto en institutos de investigación como en la Junta de Historia y Numismática Americana (creada en 1893 por el Estado oligárquico). Sin embargo, a partir de 1938, bajo el abrigo ideológico del nacionalismo católico y la fundación del Instituto Rosas, empezaron a producirse discusiones historiográficas que dieron origen a lo que se llamó el revisionismo histórico. Tomó ese nombre de su objetivo, que era revisar la historia liberal oficial, para rescatar sujetos importantes de nuestra historia demonizados por aquella (en especial los caudillos, y entre ellos Juan Manuel de Rosas).
El peronismo no adoptó dicha postura histórica sino hasta luego del golpe de Estado del 55. Antes había abrazado la historia liberal, lo que puede verse en los manuales escolares de la época o incluso en el nombre de los ferrocarriles (Sarmiento, Mitre, Roca, San Martín, Belgrano y Urquiza). Pero una vez en el exilio, Perón tomó al revisionismo como postura histórica del movimiento.
Por supuesto, para que eso sucediera ya había revisionistas volcándose hacia el peronismo. A partir del ingreso de John William Cooke en 1954 al Instituto Rosas, se produjo un proceso de amalgamamiento entre el peronismo y el revisionismo. Jose María Rosa, de hecho, ya venía impulsando la peronización de la corriente desde el mismo instituto, sobre todo a partir de 1951 cuando fue nombrado director del mismo. Finalmente, el peronismo (así como el propio Perón) abrazó definitivamente la causa revisionista a partir de la publicación del libro Los Vendepatria en 1958. Con esa obra se consolidó una relación política entre Perón y el revisionismo que tendría larga duración, fundada en dos aspectos. El primero era la denuncia a la posición colonial-imperialista a la que había sido sometida Argentina desde su nacimiento (la independencia contra España era un ejemplo de ello). Y el segundo era la difusión de las luchas contra los enemigos internos y externos abocados a mantener una relación colonial para el país (Rosas era el arquetipo ideal de esta cuestión, en su enfrentamiento contra el bloqueo anglo-francés).
Todo esto, en definitiva, lo traemos para enmarcar (en la historia del peronismo) los guiños historiográficos que hiciera Cristina Fernández. Cristina, al crear el Instituto Dorrego, volvía a la línea historiográfica que sirvió de apoyatura teórica a la lucha emprendida por el peronismo tras el golpe de 1955. La pregunta sigue siendo entonces, si es posible hacer una historia desde el Estado que sea más amplia que aquella a la que nos empujan nuestras orientaciones ideológicas. Pero hay un problema más que, a nuestro criterio, es el más urgente de reflexionar.
Unx podría pensar que a ese instituto revisionista, como a otros, lo llenaron de contenido quienes venían de la universidad pública, aprendiendo y enseñando historia desde los últimos avances e investigaciones. Pero no fue así. Y es que en la decisión de crear un instituto histórico revisionista, el Estado peronista/kirchnerista estaba dando por tierra toda la inversión que venía haciendo en las universidades nacionales y, sobre todo, en el CONICET. ¿Por qué crear un instituto con una línea historiográfica específica que colaborara “con instituciones de enseñanza oficiales y privadas para enseñar los objetivos básicos que deben orientar la docencia para un mejor aprovechamiento y comprensión de las acciones y las personalidades de las que se ocupará el Instituto”? ¿Por qué si para eso ya estaban las universidades nacionales, que en general realizan dichas tareas desde sus Secretarías de Extensión, que son las que se ocupan de la vinculación de la universidad con el territorio que la circunda? ¿Por qué hacerlo si existe un sistema científico-social argentino? Y además, ¿por qué hacerlo, cuando años atrás Néstor Kirchner había dicho que sus think tanks eran las universidades públicas, en alusión al conocimiento privatizado del que se nutrían sus contrincantes políticos?
Consciente o inconscientemente, la creación de estos institutos ha sido una manera de invalidar el conocimiento producido en los ámbitos científicos y universitarios que, al menos el gobierno kirchnerista, pretendía defender. Pero además, la decisión de Cristina Fernández de Kirchner, en ese entonces, hizo su aporte para preservar un estereotipo que se sostiene hasta el presente: que quienes investigan no divulgan ni se vinculan con las escuelas o museos. Solo estarían en una torre de marfil escribiendo, con los muy buenos salarios que por entonces dispensaba el CONICET. Y a la vez, esto entraba en tensión con otras políticas de la gestión cultural kirchnerista, como las producciones de Canal Encuentro. Allí sí pudimos ver muchos proyectos de divulgación científica que se nutrieron de profesionales académicos. En el caso de la historia, la figura de Gabriel Di Meglio es un claro ejemplo de este proceso.
En definitiva, traemos a la mesa una discusión de hace varios años, para pensar qué puede hacer el peronismo/progresismo desde el Estado cuando vuelva a gestionarlo. Porque sino… ¿para qué sostener la investigación científica? ¿Para el beneficio individual de quien quiere dedicar sus días enteros a leer sobre lo que le apasiona? ¿Para alimentar la producción de contenido audiovisual por redes, que en general es trabajo no remunerado? ¿Cómo se puede articular desde el Estado a la producción científica con la gestión cultural y educativa? ¿Cómo logramos que lxs maestrxs de primaria dejen de enseñar “la máscara de Fernando VII” –aquella supuesta estrategia criolla de jurar lealtad al rey de España en 1810 como fachada para ganar tiempo en la construcción de la independencia–, cuando la historiografía hace décadas desmintió que existiera un proyecto independentista unificado aquel 25 de mayo de 1810?
No tenemos la respuesta pero nos interesa pensarla colectivamente y quisimos ofrecer algunos elementos para ello. De todos modos, algo es seguro: se necesitan más programas de actualización docente como los que también supo hacer el kirchnerismo, en los que se desempeñaron muchxs historiadorxs formadxs en la renovación historiográfica (no revisionista) que viene trabajándose en la Argentina desde la recuperación democrática. Porque, como ya señalamos, el Estado también tiene sus contradicciones y discursos ambivalentes. Y eso es parte del problema a analizar.
Creemos que es necesario que el peronismo/progresismo piense una política de gestión cultural federal y actualizada historiográficamente, en la que haya insumos y recursos suficientes para hacer muestras atractivas que inviten a la población a visitar las instituciones que financia con sus impuestos. Entre ellos claramente están los museos, aunque consideramos que también es necesaria una política de impulso a la formación de espacios culturales municipales. También pensamos que los lugares de dirección de esas instituciones, tal como venimos diciendo, deben proveer fuentes laborales a quienes han egresado de la universidad pública argentina, faro en la actividad científica a nivel nacional, y en permanente contacto con las producciones internacionales. Pero como decimos, esto debe ser federal. Y el relato histórico que construyamos para representarnos como nación, también.

Los miembros de “Pinta la Historia” son: Camila Magnani, Carolina Valfre, Ela Mertnoff, Emiliano Armango, Ezequiel Munno, Ezequiel Rábago, Federico Rodríguez Missart, Gopal Martínez, Iara Lopez, Leandro Ugo, Nehuén Botto y Santiago Campana.
2. Historias Destacadas. Sobre la importancia de hablar de Historia en redes sociales.
Las redes sociales (RRSS) nacieron originalmente para conectar y entretener a las personas. Con el tiempo comenzaron a convertirse en espacios de compra-venta y de proyección de estilos de vida para, finalmente, consolidarse como plataformas donde informarse, debatir y disputar sentido.
Se trata de una acumulación de capas donde ninguna elimina a la otra sino que se superponen; las RRSS constituyen hoy una infraestructura central en la vida pública y económica. Según el Informe Digital Global de DataReportal del 2025, los usuarios activos de RRSS en Argentina ascienden a 32.9 millones -lo que equivale al 71,7% de la población total- con un promedio de interacción que supera las 3 horas diarias en plataformas como WhatsApp, YouTube, Instagram, Facebook, TikTok y X (Twitter).
En definitiva, las redes sociales llegaron para quedarse y transformar nuestra vida cotidiana. Ya no representan un mero pasatiempo donde permanecemos horas y horas mirando memes, videos de gatitos o recetas de comida. Hoy también son el canal prioritario donde nos informamos acerca de lo que pasa en nuestro país y en el mundo, leemos, reflexionamos, debatimos acaloradamente con desconocidos, formamos opinión y construimos una visión global.
Las redes sociales son tan omnipresentes en nuestra vida que pareciera que si un acontecimiento no tiene su correlato en las redes sociales es porque no sucedió; o si un individuo, una comunidad o un negocio no tiene presencia en redes directamente no existe.
Vivimos en la era de la sobreinformación: tenemos en nuestro bolsillo un dispositivo con todos los diarios del mundo traducidos en tiempo real a nuestro idioma; cientos de miles de libros, artículos y revistas; abundancia de imágenes, fotografías, documentales y películas; horas de podcast, streamings y contenidos a tan solo un click. Toda esta masa de datos, además, es ahora procesada en segundos por sofisticadas herramientas de inteligencia artificial de acceso masivo y gratuito.
Sin embargo, la otra cara de la moneda revela una problemática alarmante: la proliferación descontrolada de fake news; la perdida de la capacidad crítica y, en el caso de la Historia, la distorsión deliberada o directamente la falsedad de los hechos del pasado. Ejemplos cabales de ello son los discursos del presidente Javier Milei cuando afirmó que a comienzos del siglo XX éramos la primera potencia mundial o cuando difundió spots oficiales que reinterpretan la última dictadura militar como una guerra civil basada en la vetusta y ultra-refutada “teoría de los dos demonios”.
En síntesis, podemos afirmar que la sobreabundancia de información no se ha traducido en una ciudadanía más culta y mejor informada, sino en un ecosistema saturado donde la mentira organizada y la posverdad compiten con ventaja frente al rigor argumentativo.
Tal vez debido a la sucesión de crisis económicas, políticas y sociales; la sociedad argentina posee un particular interés por conocer y discutir su pasado. Necesita comprender qué es el peronismo, qué representa el FMI o por qué padecemos una inflación crónica. Si los especialistas no sabemos o no queremos responder a estas preguntas, otros —sin rigor ni formación— lo harán, y el círculo vicioso continuará.
Ante este panorama, los historiadores profesionales -atados a la cultura del libro físico, la revista o el paper académico- debemos replantearnos seriamente nuestro rol social. Si bien resulta indispensable sostener el trabajo riguroso de archivo, la crítica de fuentes y la discusión entre pares en ámbitos académicos, se vuelve urgente democratizar el conocimiento y ponerlo al alcance de la sociedad.
Sin lugar a dudas, por escala, alcance y accesibilidad, hoy la herramienta más potente que tenemos para la democratización del conocimiento histórico son las redes sociales.
Historias Destacadas (HD)
Frente a este diagnóstico, en el año 2021 nació Historias Destacadas (@_historiasdestacadas), un proyecto de divulgación y reflexión histórica en plataformas digitales creado y administrado por los profesores Facundo Sayavedra y Hernán Morlino, ambos graduados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Tomando como punto de partida efemérides o temas candentes de la agenda pública, HD realiza un abordaje histórico sobre la temática de manera rigurosa y original utilizando un lenguaje coloquial y poniendo a disposición las fuentes empleadas citadas al final de los posteos al mejor estilo académico (formato APA).
Según el célebre historiador francés Fernand Braudel, “la Historia no es otra cosa que una constante interrogación a los tiempos pasados en nombre de los problemas y curiosidades –e incluso las inquietudes y las angustias- del presente que nos rodea y nos asedia”. Por lo tanto, el enfoque de HD es profundamente braudeliano ya que buscamos interpelar a nuestros seguidores con el objetivo de combatir la ignorancia, generar conciencia histórica y ofrecer argumentos sólidos para que puedan intervenir con altura en el debate político contemporáneo.
En tiempos de amnesia social, desinformación y fake news, HD busca acercar a un público masivo herramientas teóricas y prácticas que nos ofrecen las ciencias sociales en general y la Historia en particular; no solo para pensar el pasado sino también para interpretar el presente, imaginar y, en muchos casos, predecir el futuro.
Se trata, en definitiva, de construir un puente legítimo entre los trabajos académicos y el público en general. Esta propuesta nos ha permitido exponer el proyecto en diversas universidades nacionales, congresos y jornadas de investigación, ha servido de insumo a docentes de escuela media para planificar sus y ha motivado a otros colegas a producir contenido similar.
En la actualidad, Historias Destacadas cuenta con 80 mil seguidores en Instagram y TikTok. Integra una comunidad federal y trasnacional compuesta, en su mayoría, por usuarios de Argentina, Chile, España, Colombia y México. El rango etario predominante son jóvenes/adultos de entre 25 y 45 años y una distribución de género equilibrada con ligera preminencia de mujeres (50,4%) sobre varones (49,6%).
Se trata, en general, de un público interesado en la historia y en los procesos políticos: profesores, estudiantes, políticos e historiadores profesionales, algunas celebridades y varios influencers, medios de comunicación y creadores de contenido. Con estos últimos hemos construido un sólido ecosistema virtual basado, como diría Juan D. Perón, en la unidad de concepción para la unidad de acción.

En esa dirección, destacar la articulación y colaboración de HD con espacios como Repliegue, Rosca y Tinto, Geográfica Histórica, Cabaret Voltaire o El Aluvión. Lo que se inició como un vínculo político-intelectual en el entorno virtual se transformó en un lazo de amistad real y en proyectos presenciales concretos como paneles en los Encuentros Federales por la Soberanía o los dos cursos sobre introducción al peronismo que hicimos por YouTube y que contaron con más de 3.000 inscriptos de todas las provincias del país.
En medio de la profunda crisis de representación política que atravesamos, fuimos consolidando un espacio colectivo de amistad y compromiso con el objetivo de aportar a la reconstrucción de una Patria libre, justa y soberana. Progresivamente, nos hemos transformado en una referencia legítima para miles de compatriotas que, desencantados con las ofertas electorales tradicionales y preocupadas por el rumbo nacional, encuentran en nuestros canales un valioso espacio de formación, debate y pertenencia
Dar estas batallas culturales se ha vuelto un imperativo impostergable. Frente nuestro tenemos un gobierno que -a diferencia de la gestión Macri que evitaba hablar del pasado y que reemplazaba a los próceres por animales en los billetes- utiliza a la Historia como uno de sus pilares de legitimidad.
Sin embargo, el presidente Milei hace un uso sesgado o directamente falaz de nuestra disciplina y utiliza el aparato del Estado para difundir una visión contradictoria y decadentista de la historia nacional. Según esta narrativa, todos los males de la Nación habrían comenzado con el gobierno de Hipólito Yrigoyen y hallarían su salvación en su propia gestión, la cual es presentada como la mejor de la historia (sic).
Frente a esta mirada resignada y derrotista; desde Historias Destacadas no solo impugnamos y corregimos las tergiversaciones y los errores históricos, también proponemos una visión esperanzadora: la idea de grandeza nacional. Reivindicamos aquellos hechos del pasado que hicieron grande a la Argentina, como por ejemplo la política antártica, el proyecto nuclear o la política social y económica de Perón.
Estamos viviendo un nuevo saqueo organizado del país: un industricidio que carcome el tejido social y productivo; una endeudamiento externo asfixiante que condiciona cualquier margen de autonomía; un vaciamiento sistemático del sistema científico-educativo; un gobierno de ocupación entreguista con una política internacional que antepone la ideología del Ejecutivo por sobre los intereses nacionales, entre otras cuestiones.
Por todo esto es necesario recuperar un horizonte revolucionario y que nuestros dirigentes y las mayorías populares estén mejor formadas y encuentren en las lecciones del pasado una hoja de ruta para el futuro. Porque no se trata solo de hablar del pasado, se trata de pensar el presente y proyectar el futuro. Hoy, más que nunca, tenemos que reivindicar nuestras utopías. Porque si las generaciones anteriores pudieron hacerlo una realidad efectiva, la nuestra puede y debe hacerlo también.

Por Facundo Sayavedra. Profesor de Historia (UBA).
