
por Centro de Estudios Renacer Argentina | 9 de Octubre de 2026
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Durante buena parte del Siglo XX, el orden internacional se construyó al calor de una competencia bipolar. La Unión Soviética y Estados Unidos no solo se disputaron esferas de influencia militar y territorial, sino que convirtieron a la innovación misma en un terreno de contienda. La conquista espacial, el desarrollo de la energía nuclear con fines civiles, los primeros pasos de la computación y el avance de la industria satelital fueron, en gran medida un producto de la Guerra Fría.
Un ejemplo claro de esta tensión es lo que se conoce como el “Sputnik shock”: el efecto de vulnerabilidad que causó la demostración en 1957 de que la URSS lograba poner en órbita el satélite denominado Sputnik I: una esfera de metal de más de 80 kilos que si bien no tenía instrumentos científicos de punta incorporados, bastaba para demostrarle al mundo en general y a Estados Unidos en particular que la Unión Soviética llevaba la delantera en la carrera por la conquista espacial. Si bien de un tiempo a esta parte tenemos bastante “familiarizados” estos lanzamientos por el boom de la industria satelital de los últimos años, en ese entonces significó un hito fundamental para la humanidad, ya que fue la primera vez que se logró poner un satélite en órbita desde la tierra, generando un impacto político y social de altísima magnitud.
En plena Guerra Fría, frente a ese hecho, Estados Unidos no respondió con multilateralismo o con regulación: realizó una inversión masiva en ciencia y tecnología que terminó llevando a lograr el alunizaje de Neil Armstrong doce años después bajo la gestión de Richard Nixon. En definitiva, la innovación además de ser un claro horizonte de las naciones que buscaban el desarrollo de sus capacidades, funcionaba a su vez como un segundero de un reloj que marcaba el compás de quién hegemonizaba el mundo.
Yendo hacia lo general, existe una vieja (pero no por eso, menos vigente) discusión en el ámbito de las Relaciones Internacionales que pone en tensión cuáles son los verdaderos actores que discuten el poder en todo el globo: realistas, neorrealistas, constructivistas y liberales despliegan teorías y debates sobre qué es lo que le da estabilidad y como se construyen identidades en el panorama internacional. Hoy, a pesar de que muchos internacionalistas y actores locales hablan de que la dinámica de esta década se trata de una multipolaridad (evaluando a lo que se conoce en la jerga bajo el concepto de “Sur Global” o “potencias periféricas” como verdaderos focos de influencia en el tablero global) la realidad es que en estos días que corren asistimos a una dinámica que en muchos sentidos recuerda a aquella que se dio en el siglo pasado, pero que suele estar mal diagnosticada.
Se repite que estamos ante una nueva Guerra Fría con muchos condimentos similares a la que ordenó el mundo en el pasado, pero ahora con otro actor: esta vez entre China y Estados Unidos. Y esa lectura si bien no es del todo falsa, simplifica demasiado a las tensiones que realmente hoy están en juego.
A partir del crecimiento acelerado de las empresas transnacionalizadas, la explosión de las transacciones digitales y el borramiento de las fronteras territoriales de los países, la única certeza que se encuentra en estos tiempos es que el mundo que se conocía, dejó de existir.
Aquel mundo con Estados-Nación fuertes y con una proliferación de organismos multilaterales de cooperación con peso real en la dinámica mundial, se ve completamente debilitado y antiguo frente a la dinámica de gigantes empresas con capitales en simultáneo operando en diferentes países de todo el globo, con instituciones débiles que siempre corren detrás de una zanahoria -que es casi del orden de la fantasía- y con la tecnología como un verdadero potenciador de las dinámicas desterritorializantes. Si Zygmunt Bauman escribió el concepto de “modernidad líquida” mirando los procesos de cambios permanentes que enfrentaba Occidente en el Siglo XX, hoy su actualización doctrinaria -hablando en términos nacionales- sería directamente la “modernidad gaseosa”: una sociedad de altísima volatilidad y sin estructuras fijas que rompe la idea que conocíamos del mundo y sus ejes ordenadores.
En ese camino, para hacer una verdadera radiografía del estado actual, no se puede solamente quedar en pensar que esto es una nueva versión de la Guerra Fría como aquella que puso a la Sputnik en la órbita y a Neil Armstrong a pisar suelo lunar. Ahí había una diferencia: en el mundo todavía dominaban los Estados. El riesgo de pensar que esto es una estela de aquello que conocemos y montar casi de memoria nuestras visiones políticas del mundo en general y de nuestro país (periférico y dependiente) en particular, puede hacernos caer en la trampa de que solo basta con regulación o con “encorsetar” estos procesos de cambios bajo letra muerta, quedándonos en errores graves de diagnóstico que nos pueden dejar afuera de las dinámicas realmente transformadoras.
Hoy la verdadera disputa de poder se puede sintetizar en el Gobierno de Estados Unidos en una alianza con las empresas tecnológicas de Silicon Valley, que en muchos casos sus recaudaciones superan el PBI de varios países periféricos juntos, manejan cadenas de producción industrial claves para el sector de las big tech, y crean sentido desde el lenguaje y la estética en todo Occidente. Versus, el Estado Chino: una maquinaria invencible de producción a escala de productos baratos e inversión ilimitada para el desarrollo de tecnología punta, combinando una filosofía largoplacista y el confucianismo, sin el “problema” de las elecciones cada cuatro años y el péndulo político.
Entre cadenas de producción industrial y cadenas de producción de sentido, Argentina debe buscar cómo va a integrarse a esta dinámica aceleracionista: si lo hará como los luditas ingleses que no lograron tapar el sol con el pulgar, o si logrará insertarse de manera competitiva, agregando valor y sin resignar la soberanía nacional.
Qué fácil es regular
Del desconocimiento, del miedo y del complejo de inferioridad surge el impulso de frenar, de expulsar. A partir de ese miedo, algunos dirigentes políticos parecen convencidos de que pueden detener una transformación económica y tecnológica mundial mediante leyes que restrinjan su desarrollo dentro del territorio argentino. La discusión se vuelve especialmente peligrosa cuando ese impulso de prohibir aparece antes de que hayamos construido una industria capaz de competir.
Imaginemos que los dirigentes argentinos ceden a las suposiciones de un escenario apocalíptico y aprueban compulsivamente leyes que buscan frenar el desarrollo de modelos de inteligencia artificial en nuestro país, prohíben la instalación de centros de datos y dificultan que las corporaciones de IA extranjeras operen en el territorio. ¿Qué resultados tendrían estas decisiones? Primero, una dependencia tecnológica todavía mayor frente a los dos grandes ejes que no muestran intención de abandonar la carrera. Mientras esas potencias continúan levantando infraestructura, fabricando equipos y entrenando modelos, la brecha tecnológica e industrial entre Argentina y el mundo seguiría creciendo. Una norma argentina podría condicionar lo que sucede dentro de nuestras fronteras, pero difícilmente modificaría por sí sola los planes industriales de quienes concentran hoy la tecnología.
Segundo, nuestras posibilidades de proteger el territorio y los sistemas ante amenazas extranjeras quedarían condicionadas por capacidades ajenas. Los métodos de dominio y los enfrentamientos actuales incorporan herramientas que hace pocos años apenas conocíamos. Los riesgos de ciberseguridad, de interrupción de comunicaciones o de daño sobre nuestras infraestructuras críticas exigen conocimiento, personal e instrumentos propios. Renunciar a desarrollar estas tecnologías implicaría depender de otros incluso para comprender las vulnerabilidades de nuestros sistemas y responder frente a ellas.
Tercero, Argentina perdería la oportunidad de impulsar su industria tecnológica. No fabricaría una parte creciente del hardware que necesita ni desarrollaría software con posibilidades de competir internacionalmente. El ciclo económico argentino se repetiría eternamente, pero cada vez más degradado, pendulando entre un proteccionismo y un aperturismo bobo, con un sistema político que continúa perdiendo credibilidad y capacidad de resolver problemas. El trabajo profesional y calificado, con posibilidades de salarios altos, quedaría limitado a unos pocos sectores. El modelo de exportación de recursos naturales se enquistaría definitivamente y la distancia con los países que concentran la producción tecnológica sería cada vez mayor.
A largo plazo aparecería otro problema. La degradación de nuestra capacidad industrial también pondría en riesgo lo que Argentina ya aprendió a desarrollar durante décadas en campos como el nuclear y el espacial. Si abandonamos el siguiente salto tecnológico, reducimos también las oportunidades de esas capacidades acumuladas. El resultado sería una economía cada vez más marginal, obligada a elegir entre proveedores extranjeros y con menos margen para definir su propio destino.
Entonces, frenar el desarrollo de inteligencia artificial en el país no es una alternativa dentro de este proyecto. Es sabido que una tecnología de semejante potencia puede utilizarse para el bien y para el mal, y allí es donde debe existir control. Un marco normativo que exija a las empresas explicar qué hacen sus sistemas, cómo actúan y qué riesgos generan es un punto de partida para proteger derechos e intereses nacionales. Ese control tiene que acompañarse de capacidades para evaluar los sistemas, formar especialistas y producir tecnología propia. Resultaría paradójico preocuparnos por los riesgos de la IA y, al mismo tiempo, impedir que Argentina desarrolle las herramientas necesarias para comprenderlos y enfrentarlos.
Industria tecnológica y cadena soberana
Hasta acá, las implicancias soberanas de la decisión de impulsar el desarrollo de la inteligencia artificial. La disputa actual incorpora, además, una diferencia decisiva respecto de las carreras nuclear y espacial del siglo XX. Aquellas competiciones contribuyeron al desarrollo industrial y científico de sus protagonistas, pero hoy la IA se incorpora de manera directa a casi todas las actividades económicas y está creando una demanda extraordinaria de infraestructura. Puede dar ventajas en términos de defensa y, al mismo tiempo, convertirse en un gran motor de productividad, inversión y empleo. Ahí también debe situarse la discusión argentina. Y acá vale la pena hacer algunas aclaraciones: la IA debe ser pensada como un ecosistema industrial. Es un error creer que el desarrollo vía inteligencia artificial será sólo a partir de su aplicación en procesos productivos aumentando la eficiencia y reduciendo costos (aún con despidos masivos). También es una picardía analizar esta época sin saber que los sistemas no están en el éter. Los grandes modelos de lenguaje son sostenidos por enormes y complejas infraestructuras, que representan un modelo industrial. Estos dos ejes globales que lideran el desarrollo de IA dominan lo que llamamos la cadena soberana: energía – hardware – software.
Está de más mencionar que la energía es un insumo fundamental de cualquier actividad productiva. Los centros de datos necesitan grandes volúmenes de electricidad y una infraestructura de transporte que pueda abastecerlos de forma confiable. En distintos lugares del mundo, la construcción de nueva capacidad de cómputo obliga a coordinar inversiones con redes eléctricas y proyectos de generación. Argentina tiene recursos y experiencia para participar en esa expansión. La capacidad desarrollada en hidrocarburos, energía nuclear, hidroelectricidad y otras fuentes ofrece una base que sería absurdo desaprovechar. La energía que necesita el mundo la tiene Argentina, aunque el desafío es volver a pensar cómo usarla para un proyecto de desarrollo nacional que no dependa solamente de su exportación, sino también de fábricas locales que la consuman.
El siguiente eslabón es el hardware. Cuando hablamos de hardware nos referimos a lo tangible y, sobre todo, a la infraestructura crítica sobre la que se procesan los sistemas de inteligencia artificial. En este campo se encuentra una de las grandes batallas tecnológicas de la actualidad. Las restricciones estadounidenses sobre equipos avanzados para fabricar semiconductores y sobre determinados microprocesadores destinados a China muestran hasta qué punto estos componentes concentran poder industrial y geopolítico. Naturalmente, la producción de hardware y la edificación de centros de datos están impulsado la generación de miles de puestos de trabajo, tanto industriales como en construcción, que son una oportunidad. La producción de tecnología de frontera se lleva a cabo en lugares puntuales del planeta, lo que provoca cuellos de botella en la cadena global (principalmente en microprocesadores y memorias). En los dos casos, esto es una gran oportunidad para nuestro país. Parecerán cliché las siguientes palabras, pero las grandes extensiones de tierra, las bajas temperaturas y la abundancia en energía son la combinación ideal para hundir este tipo de inversiones. La idea de la construcción de centros de datos en el país no tiene que quedar en la mera obra edilicia, sino en comenzar a absorber procesos productivos con mayores grados de tecnología. Es cierto que en el corto plazo no vamos a producir los microprocesadores más avanzados de Nvidia, pero sí otros compuestos (pero no tenemos dudas que en el mediano plazo sí podemos llegar a la frontera tecnológica). Pensar a la IA como un modelo industrial cambia la forma de encarar este momento económico, entendiendo que pueden generarse miles de puestos de trabajo calificados, activar muchas otras industrias e incorporar capacidades tecnológicas concretas.
Hoy Argentina no cuenta con centros de datos que puedan entrenar o procesar grandes modelos de lenguaje. La capacidad de cómputo es muy limitada en nuestro país, con unos pocos data center, la mayoría en AMBA, que sirven para procesamiento básico o almacenamiento. Es decir, si queremos desarrollar modelos de inteligencia artificial propios sí o sí debemos instalar infraestructura crítica con capacidad de cómputo avanzada, sino dependeremos de alquilar capacidad en el exterior. Para aquellos que no quieren que se instalen esos centros de datos en nuestro país porque “no se sabe qué hay dentro”, hay que aclararles que teniéndolos en tu país ya tenés, por lo menos, jurisdicción Si no los tenés, la dependencia se mantiene, porque hay que alquilar servicio externo. La ecuación de no querer alquilar servicios externos ni depender de otros sólo puede significar una cosa: que Argentina se desconecte del mundo (no es exageración, es explícito).
Lo último sobre el hardware: lo que Argentina sí tiene es probada experiencia y calidad en la construcción de infraestructura crítica. Reactores nucleares, represas, satélites, cohetes, etc. Todo con tecnología propia. Todo se pudo y se podrá. No hay que creer que Argentina no tiene lo necesario para poder estar a la altura de las construcciones estadounidenses o chinas. Lo tenemos.
Tercer eslabón, el software. Acá se encuentran los sistemas de inteligencia artificial que hoy todos usamos pero que, además, se incorporan a organizaciones, empresas privadas, estados, industria, defensa. Es decir, nadie que conozca la potencia de esta herramienta puede prescindir de usarla. La capa del software es la cara visible de todo este encadenamiento, con el que la sociedad en general tiene contacto directo, y donde también surgen las controversias diarias como el escape de modelos de entornos seguros, hackeos, vinculación del humano con el sistema como si fuera un terapeuta, etc. De más está decir que para la productividad individual, principalmente para las actividades analíticas, los modelos largos de lenguaje pasaron a ser un asistente irremplazable.
En este eslabón Argentina también tiene mucha potencia. Suponiendo que consideramos a los Servicios Basados en Conocimiento hoy se exportan aproximadamente USD 10.000 millones anuales, representando el 53% de las exportaciones de servicios del país y generando 300.000 puestos de trabajo formales. Pero, como verán, todas las características están relacionadas al comercio exterior. Entonces es necesario empezar a pensar el software dentro de un proyecto local, respaldado por infraestructura crítica y los recursos necesarios para que funcione, multiplicaría exponencialmente la potencia argentina en el desarrollo de sistemas, avanzando en modelos de inteligencia artificial propios.
Esa expansión también obliga a pensar cómo se incorpora la inteligencia artificial al trabajo. Durante los grandes cambios productivos de fines del siglo XIX y principios del XX, la construcción de fábricas y las migraciones hacia las ciudades estuvieron acompañadas por condiciones laborales muy difíciles. En Argentina, a mediados del siglo XX, la articulación entre capital y trabajo permitió extender derechos laborales, mejorar salarios y organizar una parte importante de la vida industrial. Hoy vuelve a aparecer una discusión semejante alrededor de las nuevas herramientas. La introducción de IA en una organización sin planificación, sólo porque «hay que hacerlo», puede producir pérdidas económicas, modificar tareas o desplazar trabajadores. Por eso, junto con el desarrollo de la industria, la aplicación concreta de estos sistemas puede discutirse con los trabajadores en cada actividad, para que la productividad también se traduzca en mejores condiciones de vida.
La necesidad de industrializar adquiere todavía más importancia cuando miramos el lugar que puede ocupar Argentina en el mundo. Un país que dispone de energía, exporta recursos y cuenta con buenos especialistas, pero importa todos los equipos de procesamiento y alquila permanentemente la capacidad de cómputo, tendrá un margen cada vez menor para decidir cómo se desarrollan y utilizan las tecnologías que atraviesan su economía. La dependencia tecnológica potencia la dependencia económica. Con el tiempo, esa combinación aumenta la distancia con los países centrales y también puede ampliar las brechas industriales con nuestros vecinos de la región. La ausencia de una industria propia empuja a discutir el futuro desde una posición marginal, en la que el principal instrumento de negociación termina siendo qué materia prima estamos dispuestos a vender o a quién le compraremos la próxima tecnología.
Lo último sobre el hardware y la infraestructura merece una mirada histórica. Argentina tiene probada experiencia y calidad en la construcción de proyectos complejos. Reactores nucleares, represas, satélites, cohetes y sistemas de ingeniería muestran que existe una acumulación de capacidades científicas, técnicas e industriales sobre la cual avanzar. No hay razones para asumir que esa experiencia sólo podía existir en el siglo XX y que en el XXI debemos conformarnos con importar toda la nueva infraestructura tecnológica. Las industrias actuales tienen otras escalas, otros costos y nuevos competidores, pero también abren posibilidades de especialización y asociación para construir capacidades propias. El desafío consiste en sostener un proceso de inversión, aprendizaje y producción capaz de hacer crecer lo que ya sabemos hacer y de incorporar aquello que todavía nos falta.
La Argentina del siglo XX pudo desarrollar tecnología nuclear y espacial cuando esas actividades concentraban buena parte del poder científico e industrial del mundo. La Argentina del siglo XXI también puede aspirar a fabricar la infraestructura y los sistemas que están transformando la economía global. Para eso hace falta que la energía, el hardware y el software dejen de pensarse como actividades aisladas y formen parte de un mismo proceso de industrialización. Ahí se juega la generación de trabajo calificado, la ampliación de nuestra estructura productiva y la posibilidad de participar en la discusión internacional con autonomía. El futuro tecnológico ya está organizando nuevas jerarquías entre países. Argentina tiene capacidades para construir un lugar propio y necesita convertirlas en un proyecto nacional.
Axel Ezequiel Arias
Magíster en Economía Aplicada. Doctorando en Economía (UNSAM), Integrante del Centro de Estudios Renacer Argentina. Panelista de @paritariaslibres en temáticas relacionadas a la economía, el desarrollo tecnológico y la innovación.
Candela Nuñez
Lic en Ciencia Política (UBA). Maestranda en Administración Pública (USAL), Integrante del Centro de Estudios Renacer Argentina. Panelista de @paritariaslibres en temáticas relacionadas a la industria nuclear y el desarrollo argentino.
