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Consejo de la Magistratura de la Ciudad

En búsqueda de una política exterior audaz

El mundo parece estar dándonos una nueva oportunidad para abandonar nuestro fatalismo periférico.

Tiempo de lectura: 10 minutos

A la par del ampliamente estudiado declive económico, en el último siglo Argentina fue perdiendo protagonismo internacional de forma sostenida. Cualquier contraste con la posición relativa de nuestro país en los albores del siglo pasado es revelador por sí solo. Nuestra capacidad de generar normas e instituciones internacionales (como las doctrinas Calvo y Drago, la mediación de la guerra del Chaco, o el Pacto Antibélico), la dinámica de nuestras exportaciones (del 6% al 0,25% del comercio global en cien años), el atractivo de nuestro suelo para atraer capital humano extranjero, y el poderío militar y cultural se fueron erosionando hasta arribar al actual estadio de irrelevancia geopolítica.

Los motivos del desacople económico fueron estudiados y debatidos hasta el cansancio por círculos intelectuales y políticos, pero mucha menos atención se puso en descifrar el consecuente desvío de una trayectoria global que anticipaba un papel de mayor relevancia en los asuntos del mundo. Si a principios del siglo pasado Argentina se atrevía a rivalizar con Estados Unidos —el «sea América para la humanidad» de Sáenz Peña contra el monroísmo; la pulseada de Río de Janeiro en 1906—, hoy perdió superioridad militar y económica frente a varios vecinos y su voz proyecta cada vez menos poder en la construcción de reglas globales.

Sin embargo, el mundo parece estar dándonos una nueva oportunidad para abandonar nuestro fatalismo periférico. Para capitalizar esta ventana histórica conviene evitar errores persistentes del pasado y aprender —con nuestras particularidades— de las naciones que lograron insertarse exitosamente en el mundo. Si quienes dominan y dominarán la gobernanza de nuestro país actúan con la suficiente audacia para encauzar el rumbo nacional, puede que las próximas décadas reviertan tantos años de frustración.

El fatal encanto de la autonomía

Una de las ideas más persistentes sobre las que se ha edificado buena parte de nuestra política exterior es la búsqueda de la autonomía como fin último de la acción internacional. Este enfoque sostiene que los países periféricos sólo pueden desarrollarse si amplían su margen de maniobra frente a las potencias hegemónicas; en la tradición latinoamericana, la autonomía nacional se volvió sinónimo de dignidad y resistencia, bajo la promesa de que el desarrollo emergería de la independencia. Así, a través de una extraña alquimia nunca del todo revelada, ampliar los márgenes de maniobra interestatales conduciría irremediablemente hacia la felicidad del pueblo.

No puede pasarse por alto que se trata de un eslogan enormemente efectivo, que apunta a las fibras nacionalistas y cuyo peso nominal —independencia, autonomía, margen de acción— coloca automáticamente a quienes dudan de su viabilidad en la secta de los cipayos. Desafortunadamente, esta política pública es una de las grandes culpables de nuestro pobre desempeño en la arena internacional. En efecto, desde la pasmosa neutralidad en la Segunda Guerra Mundial hasta el entierro en Mar del Plata del Área de Libre Comercio de las Américas, la irreverencia suicida de nuestros líderes ha sido uno de los principales obstáculos para la grandeza global de la patria.

Si uno revisa qué otras pequeñas y medianas potencias intentaron el mismo camino, descubre que el problema no son los actores sino el guión. Cuba, Venezuela, Corea del Norte e Irán hicieron, en distintos grados y bajo circunstancias muy diferentes, de la resistencia al orden liderado por Estados Unidos un componente central de su inserción internacional, y sus resultados económicos y políticos difícilmente puedan presentarse como un modelo exitoso: los cuatro terminaron considerablemente más pobres y más dependientes, no de Washington, pero sí de Moscú o de Beijing. La autonomía declamada en un mundo globalizado, en definitiva, no se paga con dignidad: se paga con el bolsillo y, con alarmante frecuencia, con la libertad.

En el otro pelotón están los países que entendieron que la autonomía es como un stock, y que con un stock sólo pueden hacerse dos cosas: consumirlo o invertirlo. Consumir autonomía es malgastar poder en gestos simbólicos que no compran nada; invertirla es emplearla con prudencia para fortalecer capacidades futuras y, de ese modo, ampliar el margen de maniobra del mañana. Estos países también eludieron la falacia antropomorfa: la idea de que los Estados tienen sentimientos, que muchas veces es usada por las elites para movilizar a los ciudadanos a través de las emociones y llevarlos a tomar decisiones irracionales.

Uno de los casos más famosos es el de Corea del Sur, que cedió autonomía militar y geopolítica a Estados Unidos y accedió a programas de ayuda que llegaron a representar casi el 75% de su presupuesto entre 1950 y 1970. Por su parte, Japón y Alemania recorrieron versiones extremas del mismo camino, con soberanías severamente restringidas en la posguerra que, lejos de condenarlos a la irrelevancia, fueron la plataforma desde la cual se reconstruyeron. Incluso Vietnam, que había derrotado militarmente a Estados Unidos, terminó normalizando relaciones con Washington, ingresando a la Organización Mundial del Comercio y convirtiendo a su antiguo adversario en uno de sus principales destinos de exportación. Ninguno de ellos confundió la renuncia a ciertos márgenes con la renuncia a un proyecto nacional.

Polonia, que salió de décadas de soberanía limitada impuesta por Moscú, no respondió procurando maximizar su margen de acción respecto de todos. Hizo casi lo contrario: eligió anclar su futuro en instituciones occidentales, ingresando sucesivamente a la OMC, la OCDE, la OTAN y la Unión Europea. Esa decisión estuvo acompañada por un importante respaldo económico occidental: Estados Unidos participó en el fondo de estabilización de 1989, promovió asistencia del FMI y el Banco Mundial y avanzó luego en el alivio de la deuda polaca. Varsovia aceptó nuevas restricciones institucionales y estratégicas, pero a cambio incorporó capital, mercados, seguridad y previsibilidad.

Brasil ofrece una versión latinoamericana de la misma lógica. Su entrada en la Segunda Guerra Mundial junto a los Aliados no fue simplemente un gesto diplomático, sino que estuvo acompañada por acceso a financiamiento, tecnología y cooperación estadounidense. Entre sus resultados más perdurables estuvo el apoyo para construir Volta Redonda, la gran siderúrgica que se convertiría en uno de los pilares de la industrialización brasileña. La paradoja es sólo aparente: a veces, aceptar restricciones presentes es precisamente la manera de ampliar las opciones futuras. El punto en común es que todos ellos son hoy, simultáneamente, más desarrollados y cuentan con mayores capacidades estatales que hace ochenta, cincuenta o treinta años.

Polos oriental y occidental

Para utilizar con sabiduría y sensatez ese stock es necesario comprender el tablero. Y comprenderlo supone, antes que nada, describir el mundo como es, y no como pretendemos que sea. En este sentido, en el campo nacional y popular, la valoración del escenario internacional como un sistema multipolar se ha vuelto un lugar común. No obstante, para desgracia de quienes abogan por un orden multiplex, los indicadores estructurales confirman cómo se organiza el orden global sin demasiada ambigüedad.

En 1980, Estados Unidos y la Unión Soviética representaban juntos cerca del 40% del PBI mundial; hoy Estados Unidos y China concentran el 45%, y en gasto militar reúnen cerca del 50% del total global. En los años ochenta, Japón y Alemania Occidental sumaban alrededor del 17% del producto global; hoy siguen peleando esos puestos, pero apenas alcanzan entre el 3% y el 5% cada uno. No existe hoy un tercer polo con capacidades sistémicas comparables a las de estas dos potencias.

En términos ideológicos, la distancia es igual de profunda. La rivalidad entre Estados Unidos y China reproduce los rasgos esenciales de la Guerra Fría, pero con actores distintos. China ha vuelto a reivindicar su faceta más verticalista bajo Xi Jinping, sostenido por un capitalismo de Estado que le da legitimidad y resultados; Estados Unidos, incluso con Trump en la Casa Blanca, sigue siendo una democracia liberal, con división de poderes y un Estado de derecho que limita la acción presidencial. La pugna es también disputa entre sistemas políticos y de valores: un sistema de dos partidos y un sistema de partido único; un sistema que abraza la diversidad y otro que promueve la homogeneidad.

Las mismas asimetrías se replican en el espacio exterior, la producción de chips, los cables submarinos, el control de datos y la capacidad de imponer estándares tecnológicos, y en la Asamblea General y el Consejo de Seguridad las votaciones reflejan una división casi binaria. China es, además, un rival más formidable de lo que fue la Unión Soviética: más grande, más integrada y más ambiciosa, lidera las patentes de inteligencia artificial, domina la refinación de minerales críticos y avanza en infraestructura física y digital en más de setenta países a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. La multipolaridad que muchos diagnostican parece, en suma, más una expresión de deseos que una descripción del sistema internacional: los polos existen y su gravedad ordena.

Nuestro destino sudamericano

En este tablero la Argentina no elige el campo de batalla, pero sí debe reconocer sus condicionantes: la geografía la ata al continente americano y al hemisferio occidental; la historia, a la tradición liberal y republicana; la economía, a la triple necesidad de comercio, inversión y financiamiento. De esas tres anclas surgen los límites de cualquier estrategia exterior. El error, sin embargo, sería asumir que esos condicionantes imponen exclusividad. En comercio, finanzas, cultura y diplomacia se puede y se debe tratar con todos, como hacen aquellos países que no se pliegan excluyentemente a un bloque y comercian, contactan y forman redes en todas las direcciones.

No obstante, existen materias donde la cooperación sólo es posible con uno de los dos polos, porque la naturaleza del bien en juego lo impone: defensa, seguridad, inteligencia, minerales y tecnología crítica, comunicaciones e infraestructura sensible. Es ingenuo pensar que se puede jugar a dos puntas entre las dos potencias más importantes del mundo sin consecuencias. En esos asuntos, no hay diversificación posible; hay líneas rojas, y lo único que puede decidirse es si se las cruza de manera consciente o por omisión, que es como se las ha cruzado demasiadas veces. Si no fuera así, la política internacional sería tan simple como subir el volumen de todas las relaciones interestatales al mismo tiempo. Malas noticias: no lo es.

La infraestructura digital ofrece un ejemplo reciente de cómo opera una línea roja en la práctica. Incluso el Reino Unido intentó durante un tiempo compatibilizar su alianza estratégica con Washington con la participación de Huawei en su red 5G. El equilibrio resultó insostenible: tras las restricciones estadounidenses sobre semiconductores y una nueva evaluación de seguridad, Londres decidió retirar completamente a Huawei de sus redes. En tecnologías críticas, la interdependencia convierte decisiones aparentemente comerciales en decisiones geopolíticas.

En este mismo sentido, los BRICS+ ilustran el tipo de decisión que, por su contenido financiero y geopolítico, puede ser interpretada como una señal de alineamiento y merece ser evaluada con especial cautela. El bloque no es un foro comercial neutro sino un proyecto de arquitectura financiera alternativa: mecanismos de pago paralelos, banca de desarrollo propia y una agenda explícita de reducción del peso del dólar en el comercio y en las reservas internacionales. Todo esto, por ahora, con poca evidencia de beneficios económicos significativos para los países miembros. Sumarse hubiese significado emitir una señal política precisamente en el terreno donde Argentina más necesita previsibilidad, que es el del financiamiento. Además, conviene no perder de vista que no hay programa argentino con acceso a crédito internacional que no pase —explícita o implícitamente— por la luz verde del Tesoro estadounidense, cuyo peso en el Fondo Monetario Internacional y en organismos como el Banco Mundial o el BID resulta determinante.

Identificar la existencia de líneas rojas es fundamental para evitar fricciones innecesarias en la conducción de la política internacional. En sentido contrario, suponer que un país de la escala argentina puede moverse con total soltura en el escenario global, provocando al hegemon continental y priorizando objetivos de corto por sobre largo plazo, constituye un error estratégico. Como se dijo, la afinidad con el bloque occidental no exige exclusividad, pero sí sensibilidad geopolítica.

Asimismo, reconocer una jerarquía de vínculos tampoco equivale a practicar alineamiento automático. Una alianza inteligente no consiste en coincidir siempre con el socio más poderoso ni en trasladar sus preferencias a la política exterior propia. Consiste en distinguir qué concesiones permiten acumular capacidades, cuáles no producen retorno y cuáles comprometen intereses permanentes. La pregunta relevante no es, entonces, cuánta autonomía se conserva en cada decisión, sino qué se obtiene a cambio de utilizarla.

Audacia para competir en el mundo

Si bien hemos sido expertos en desaprovechar oportunidades globales, hay una nueva ventana abierta. El mundo se está transformando y, como suele ocurrir en estas transiciones, las jerarquías se rediscuten, y un país que sepa leer el momento puede mejorar sustancialmente su posición relativa y revertir décadas de declive. Para eso debemos dejar atrás décadas de gestualidad improductiva, imprevisibilidad y cortoplacismo, y apostar por una acción exterior coherente, audaz y patriótica. Propongo algunos puntos finales para ello.

El primero es diversificar sin provocar. Un ejercicio virtuoso es pivotar entre varios socios comerciales, profundizar relaciones y abrir canales de diálogo; uno muy distinto y dañino, como anticipamos, es tensar y provocar a los hegemones. Los vínculos políticos privilegiados con Venezuela, Cuba e Irán no se tradujeron en niveles de comercio proporcionales a su costo diplomático: fueron señales políticas carísimas, el peor de los dos mundos posibles, con retorno económico nulo y precio diplomático elevado. Y la regla vale en las dos direcciones, porque un acercamiento político que cuestione el principio de una sola China podría producir un efecto equivalente sobre el otro polo. Diversificar es multiplicar socios; provocar es multiplicar costos.

El segundo es abrir mercados y exportar más, reconociendo que eso implica también importar más. Nuestra viveza criolla no puede incluir la noción de que abrir mercados sirve sólo para vender y no para comprar: eso no es reciprocidad sino la pretensión de una relación en la que uno gana y el otro pierde, que difícilmente resulte sostenible para cualquier socio. Los países más integrados a las cadenas globales de valor tienden a combinar altos niveles de exportaciones e importaciones. Quienes abogan por convertirnos en una potencia exportadora deberían estar al tanto de que eso también implica ser una potencia importadora, dado que la apertura al mundo es bifásica.

El tercero es volver a competir por el mejor capital humano del mundo. El país que en 1909 tenía a uno de cada cuatro de sus habitantes nacido en el extranjero hoy exporta talento en lugar de atraerlo, y eso no es un problema migratorio sino un problema de política exterior: científicos, técnicos y emprendedores son el insumo más escaso del siglo y todos los países desarrollados compiten abiertamente por ellos. Argentina ofrece elementos de todo tipo para ser un imán del talento internacional que hoy deambula por un mundo cada vez más crispado por conflictos bélicos, crisis identitarias, persecuciones religiosas y una creciente incertidumbre sobre el futuro.

Y el cuarto es capitalizar aquello que tenemos y en el mundo escasea. Argentina cubre el 8,6% del déficit global de alimentos y es el segundo exportador neto mundial, tercero si se mide en proteínas y kilocalorías, con capacidad física para alimentar al equivalente de diez Argentinas. El sector energético explica ya cerca del 70% del saldo positivo de nuestro comercio exterior, en un momento en que la oferta global de gas natural licuado se proyecta a la baja para el resto de la década. A eso se suma algo que no es un commodity sino capital institucional acumulado, mucho más difícil de replicar y por eso mismo mucho más valioso: somos una zona de paz, sin conflictos interestatales activos ni armas nucleares, con participación ininterrumpida en operaciones de Naciones Unidas desde 1958 y con una tradición de diálogo interreligioso que hoy permite reunir en Buenos Aires encuentros que en Estados Unidos o en Europa resultan casi imposibles de organizar.

Esta visión es, en el fondo, lo que separa a una política exterior patriota de una nacionalista. El nacionalismo entendido como aversión a lo foráneo desconfía secretamente de las propias credenciales: se encierra porque teme no resistir la comparación, y por eso necesita un enemigo externo que explique cada fracaso. El patriotismo, en cambio, cree en ellas: trae lo mejor del mundo porque sabe que puede aprovecharlo, y sale a colocar afuera sus productos, sus bienes y su cultura porque confía en que van a competir bien. El que verdaderamente confía en este país es el que se anima a medirlo contra el mundo.

Para concluir, nada de lo anterior tiene tanta importancia para nosotros como la causa Malvinas, y nada ilustra mejor el argumento de estas páginas. En 1982 la Argentina descontaba dos solidaridades que no llegaron. La primera fue la del mundo no alineado, al que habíamos apostado durante décadas: en la votación que importaba, salvo Panamá, los países no alineados votaron contra Argentina, y la Unión Soviética, España, Polonia y China se abstuvieron. La segunda fue la de Washington, con el que la dictadura creía haber construido una amistad preferencial que se evaporó apenas chocó con un interés mayor del socio. El resultado fue un costo que perdura hasta hoy.

La lección es la misma que atraviesa todo este ensayo: la soberanía no se recupera con declamaciones y discursos sino con capacidades, aliados y previsibilidad. Un país con peso económico y militar, densidad diplomática y reputación de socio confiable negocia desde una posición más favorable que uno irrelevante o cambiante. Por eso conviene terminar por donde se empezó: sólo a través del desarrollo podremos, algún día, aspirar a la independencia.