La falta de crecimiento económico nacional y la crisis civilizatoria a nivel mundial nos exige como militantes políticos altos grados de creatividad. Desde nuestra tradición política e histórica, el justicialismo como doctrina nos brinda herramientas para construir una solución profundamente argentina.
por Agustín Chenna | 11 mayo 2025
Tiempo de lectura: 10 minutos
¿“Es la economía, estúpido”?
Que la economía este en el centro de la discusión política no debería sorprender a nadie. El año 2024 terminó siendo el decimotercer año en el que el PBI de la República Argentina se mantiene estancado (a precios constantes de 2015). La cifra, que no deja de ser poco más que un dato en el Excel, se refleja en el día a día de cada uno de los argentinos. Aquellos que rondamos los 30 años solemos equiparar el último año de crecimiento (2011) con el fin de nuestra adolescencia, para concluir que desde que salimos a la vida adulta siempre estuvimos peor en términos económicos. No es que la sociedad se mercantilizó y se volvió materialista porque sí. Es que no se puede estar un segundo sin pensar en cómo hacer más plata.
Los efectos de la crisis del 2008, las sequías, la guerra en Ucrania, la pandemia y muchos otros sucesos del escenario internacional suelen utilizarse como argumento de las dirigencias para intentar maquillar lo que los comunes de la sociedad -que entendemos poco de derivadas y bastante de cómo hacer malabares para llegar a fin de mes-, olfateamos que es simplemente ineptitud.
Esa falta de crecimiento de la economía de nuestro país se transforma en una problemática que deja de incumbir a una sola disciplina técnica en tanto y en cuanto se traduce en la vida real como una imposibilidad absoluta de que nuestros compatriotas se desarrollen. El acceso a la vivienda, la salud, la educación, el transporte, el trabajo y hasta a las comidas diarias que toda persona necesita para poder sobrevivir están cada vez más lejos. No alcanza el salario, que es cada vez peor; ni tampoco alcanza el Estado, que tiene que cubrir cada vez más necesidades con menores ingresos. Es, por lo tanto, un problema político.
Ante el estancamiento evidente de un modelo económico y político, creemos que justamente es en nuestra tradición política e histórica donde podemos hallar algunas respuestas. Fue precisamente el peronismo, cuando no, el que supo articular el cuerpo de ideas que destrabó el nudo histórico producido luego de la crisis de 1929 y sucedida por más de diez años de gobiernos infames que pagaron la entrega de la patria con el hambre del pueblo argentino. Lo hizo a través de una doctrina política simple y clara, liberada de cualquier atadura ideológica propias de los partidos políticos que Perón calificaba como “vetustos” y propios de la democracia liberal burguesa.
Y para pensar como aporta esta experiencia histórica a lo que identificamos como una de las problemáticas centrales de la política actual deberíamos preguntarnos, ¿Existe la economía justicialista o, al menos, una forma justicialista de entender a la economía? ¿Cómo sería?
La crisis civilizatoria que estamos viviendo a nivel mundial, propia de todas las transiciones entre el viejo y el nuevo orden, exige de los militantes políticos altos grados de creatividad para poder observar las tendencias de la realidad y plantear soluciones concretas a los problemas actuales. La doctrina, entonces, debe servir más como guía para comprender que como una cadena que nos ata al pasado con soluciones preestablecidas. Proponemos pensar el presente desde acá:
Verdad peronista N°1. La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo
Verdad peronista N°9. La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la patria que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional.
Verdad peronista N°14. El Justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista.
Verdad peronista N°16. Como doctrina económica, el Justicialismo realiza la economía social, poniendo el capital al servicio de la economía y ésta al servicio del bienestar social.
Debates del Siglo XXI
La etapa abierta luego del golpe cívico-militar de 1976 sigue funcionando como una incógnita para muchos de los sectores dirigenciales que, a casi cincuenta años de la Ley de Entidades Financieras, todavía no han podido tomar nota ni comprender el profundo cambio estructural de la Nación durante ese lustro. Si bien la dimensión de Memoria, Verdad y Justicia y, consecuentemente, de los derechos humanos, no deja de ser importante en un país donde fue desaparecida una generación entera, no termina de explicar las consecuencias económicas y sociales del conjunto de políticas aplicadas (no es por hacer autobombo, pero les recomiendo la serie de reels del 22, 23 y 24 de marzo que sacamos en el Instagram de @elaluvionok).
Además, estas políticas vistas en perspectiva, fueron el verdadero fin del Golpe de Estado a Isabel Perón y, los crímenes de lesa humanidad, su medio necesario en un país signado por la profundización de las contradicciones políticas entre el campo popular y la oligarquía. En resumen, mientras nosotros seguimos aprendiendo a hacer la O con un vaso, la oligarquía local diseño, instrumentó y asentó un modelo económico que perdura hasta el día de hoy en solo dos o tres años. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga.
La profunda derrota del campo popular, junto con el avasallamiento de la hegemonía neoliberal globalizante que se le venía encima a la Argentina, caló hondo en una sociedad cuyas bases estaban ya preparadas para el desarme de la Argentina industrial y peronista. Los nuevos consensos culturales, como la música importada, los raros peinados nuevos y el enamoramiento por Miami, fueron posibles por la desarticulación del entramado económico que caracterizaba a nuestra Nación y, a la vez, por la derrota y posterior subordinación del sector político revolucionario.
Por supuesto, la falta de una dirigencia política que había sido diezmada, abrió paso a la instauración de nuevos consensos políticos que -no sin batallar- todavía sufrimos hasta el día de hoy. Los pobres chicos de la guerra y los pibes inocentes que solamente querían el boleto estudiantil fueron la otra cara de la moneda que quería convencernos de que “con la democracia se come, se cura y se educa”. La reducción del proceso dictatorial a una pelea entre buenos y malos, entre bestias y victimas, fue el caldo de cultivo perfecto para promover el endiosamiento de la democracia liberal como valor en sí mismo. Y lo que permitió que los dos partidos políticos hegemónicos se reconvirtieran a través de discursos que, diez años atrás, nadie hubiese creído. Ahora, de repente, el radicalismo era honesto y el peronismo un partido del sistema. El último clavo del ataúd del movimiento nacional de liberación.
En conclusión, la victoria más contundente de los sectores liberales oligárquicos que comandaron el último gobierno dictatorial de la República Argentina, fue que la única fuerza política revolucionaria, nacional y popular volvió a discutir las bases propias del sistema. De esa forma, la denuncia contra las consecuencias del sistema se transforma en algo estéril, en tanto se encuentra (por lo menos) limitada a una visión que no puede ir más allá del escenario establecido. Esto se agrava aún más cuando observamos que, a diferencia del ciclo de hegemonía neoliberal del periodo 1990-2008, la realidad internacional muestra cada vez mas el agotamiento del sistema-mundo al cual nuestra dirigencia sigue atada ideológicamente.
En EuroLat 2022, en uno de los discursos más interesantes para conocer su visión política y económica del mundo post-pandemia, Cristina Fernández decía:
Creo que sinceramente el capitalismo se ha demostrado como el sistema más eficiente y eficaz para la producción de bienes y servicios. Está claro que la producción de bienes y servicios, que necesita la humanidad de las proteínas hasta la tecnología más sofisticada de un celular o de cualquier otro se desarrolla más eficientemente con mayor escala este sistema. […] Pero, entonces, ¿cuál es la discusión? Creo entonces que la gran discusión que se va a dar es si este proceso, proceso capitalista que se da en todo el mundo, desde China a EEUU, lo conducen las leyes del mercado o las leyes de los Estados, para combatir la desigualdad […] Esto es la clave, esto es la clave me parece para abordar seriamente el programa y el problema de la desigualdad.
En estas palabras se deja ver uno de los debates incómodos que el peronismo debe volver a abrir si quiere cumplir con lo dicho, ser un “medio para el bien de la patria que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”. Las voces más “revolucionarias” de la época han llegado hasta acá: un reformismo/redistribucionismo que considera al capitalismo como la forma definitiva de producir bienes y servicios pero que crítica su forma de distribución.
Para poder darle credibilidad a esa operación hacen falta dos concesiones teóricas no menores, y que en estas líneas no queremos dejar pasar. En primer lugar, la de que el capitalismo es efectivamente la forma más eficaz de producir bienes y servicios. Y, en segundo lugar, la de que producción y distribución son dos cosas que funcionan de forma aislada, recayendo la primera en el ámbito de la economía y la segunda en el ámbito de la política (“Y sostuve y sigo sosteniendo que ambas construcciones, el estado de Bienestar y el neoliberalismo son construcciones políticas, no son proyectos ni modelos económicos. El modelo económico creo que está muy claro (el capitalismo)”).
Sin ánimos de cerrar el debate (más bien, de todo lo contrario), consideramos ambos postulados como un error, producto de una lectura sesgada e ideologizada de la realidad. Decir que el capitalismo es el sistema económico más eficaz contraría la realidad del mundo, que muestra que en la última década “el 31% del crecimiento económico mundial se explica por el crecimiento económico de la República Popular China” (Gabriel Merino, “China en el (des)orden mundial), gobernada por el Partido Comunista Chino y cuyo sistema económico -de acuerdo a sus propios postulados- es el socialismo de mercado.
(Nota: me permito una transgresión. Entender porque China no es capitalista y cual es el planteo de Deng Xiaoping al diferenciar “mercado” de “economía capitalista” no es muy difícil. Si no quieren quedar como ignorantes, existen libros de lectura mas que rápida que los pueden sacar de ese embrollo. Se ahorran la vergüenza de repetir burradas y, de paso, aprenden como el PCCh edificó su Estado como potencia global en el mismo periodo que nosotros solo acrecentamos la pobreza estructural)
En segundo término, plantear la producción y la distribución como cosas separadas va en contra del propio funcionamiento de los sistemas económicos. Una determinada forma de distribuir las ganancias de la producción es inherente a la forma en la que esa producción se realiza ¿Alguien se imagina, por ejemplo, un sistema capitalista donde el capitalista distribuya el conjunto de las ganancias obtenidas entre los trabajadores, guardándose para el una parte igual a la de los demás? ¿O un sistema donde los trabajadores, como parte esencial del proceso de producción, puedan sentarse en el directorio, tomar decisiones y controlar los libros? Básicamente, no se puede. O, mejor dicho, aunque se pudiera en contadas excepciones, no es esta forma la predominante en la producción capitalista, que es más parecida a la JP Morgan que a una cooperativa de Merlo (¿Por qué creen que prefirieron mear a la CGT antes que aprobar la Ley Recalde en el 2010?).
Estas declaraciones no son aisladas. En términos mundiales, la caída del Muro de Berlín y la derrota de gran parte de los procesos de descolonización clausuraron la posibilidad de imaginar otro mundo por fuera del capitalismo para la generación que había sido derrotada políticamente en los 70’ y asistía ahora, finalmente, a la apertura de un mundo que confirmaba sus derrotas. La instauración del capitalismo en su fase neoliberal-financiera y del mundo unipolar bajo la comandancia de Estados Unidos vía Consenso de Washington tuvo, necesariamente, su pilar ideológico: “El fin de la historia” de Fukuyama, la democracia liberal como sistema definitivo y la cultura occidental (es decir, del Norte Occidental) como ethos global.
En ese marco, quienes discuten si pagamos prestaciones sociales con más impuestos, retenciones o, incluso, parte de la renta, en definitiva, son distintas tendencias del mismo reformismo que administra la democracia liberal. Para todos ellos, el peronismo es libremercadista en términos económicos y su Estado un ente recaudador de impuestos, controlador de precios y asignador de subsidios. Que la única política económica sean los impuestos y no crear un horizonte de previsibilidad no beneficia ni a los empresarios nacionales ni a los trabajadores ocupados o desocupados. Los beneficiados son los mismos de siempre, y ese es el gran consenso político de la post dictadura.
Aprender el pasado para proponer futuro
Retomemos donde habíamos dejado, allá por mediados de la década del 40’ cuando se escribían las 20 verdades peronistas. De los principios que habíamos enumerado se deduce que, en esencia, el pensamiento peronista entiende que la construcción de poder (y, por lo tanto, la política) es el medio para garantizar “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”.
Sin embargo, a diferencia de los nacionalismos de exclusión y en una mirada mas típica de los países “descapitalizados”, la Nación no es una construcción finalizada ni una entidad muerta. No son los rituales ni las instituciones, sino que Nación es el equivalente a pueblo y, por lo tanto, no existe grandeza nacional sin un pueblo que encuentre posibilidades de desarrollo. Esto, y no el juego partidario entre distintas élites políticas, es la verdadera democracia.
Para realizar eso, el Justicialismo propone una mirada que trastoca profundamente los principios del sistema económico capitalista, realizando “la economía social, poniendo el capital al servicio de la economía y esta al servicio del bienestar social”. En un simple enunciado se posiciona de la vereda de enfrente de un sistema que, actualmente y siempre, hizo todo al revés, poniendo a la sociedad al servicio de la economía y esta al servicio del capital.
Como se puede observar fácilmente, eso no tiene nada que ver con un esquema de simple redistribución, donde los trabajadores siguen gastando, en promedio, entre doce y catorce horas enfocados en sus trabajos y solo pueden disfrutar los domingos con su familia. Eso sí, con 25% de descuento en carnicerías o con la nafta subsidiada. No vaya a ser cosa que Pérez Companc o Alfredo Coto no puedan vender y tengan que vacacionar un verano en Las Toninas.
Para que se entienda, incluso poder garantizar desde el Estado un buen sistema de salud o un buen sistema de educación con el dinero generado por esos trabajadores no cambia la ecuación: la vida cotidiana de quienes habitamos el conurbano sigue siendo deplorable por un montón de causas como el transporte, la falta de planificación, la inseguridad y la miseria económica. Que cuando alguien se enferme por viajar cinco horas a las seis de la mañana en pleno invierno tenga un hospital decente habla mas de la necesidad de los empresarios que de la felicidad del pueblo.
Cuando se compara al peronismo con “Estado presente” cuesta entender si es ignorancia o mala intención. Si, se construyeron escuelas, hospitales, gasoductos, etc. Pero ese no es el centro de la cuestión. Lo que verdaderamente se hizo, y que posibilitó todo lo demás, es planificar la vida económica desde el Estado (que no quiere decir lo mismo que estatizar todo al estilo de la Unión Soviética), controlando los resortes estratégicos que deciden la vida de la economía e impulsando una industrialización que, a diferencia de lo que planteaba el desarrollismo, no era subordinada ni a la clase dirigente local ni a los grandes capitales transnacionales. Previsibilidad y proyecto para empresarios nacionales, emprendedores, comerciantes y trabajadores. El verdadero Gran Acuerdo Nacional.
Quizás debería hacer otra nota sobre todo lo que hizo el peronismo. O quizás ese debería haber sido el objetivo de esta nota. En definitiva, había muchas cosas que responder antes. Sin embargo, como para que se entienda mejor este breve resumen, veamos algunos artículos de la CN de 1949:
Art. 38 – La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común.
Art. 40 – La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado, de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada
Por supuesto, esto no fue un delirio cuasi-socialista de un coronel del Ejército Argentino. La justicia social, pilar elemental de la doctrina social de la Iglesia, se complementa con un sostenido posicionamiento en el tiempo de dicha institución al hablar del destino común de los bienes. En definitiva, no hay justicia social si existe un sector que acapara todos los bienes mientras otro, mayoritario, se hunde en la miseria. Toda doctrina cristiana y humanista se encuentra en línea de lo que plantea Francisco en Laudato Si:
La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. San Juan Pablo II recordó con mucho énfasis esta doctrina, diciendo que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno»
Con toda claridad explicó que «la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado»
Cuando Francisco decide hablar, en su primera encíclica eminentemente política, de la destrucción de la casa común, esa elección no es casual. Ya se veía venir la profundización de lo que luego llamó “Tercera Guerra Mundial en cuotas”, con el inicio de la Guerra en Ucrania y la profundización del caos generado por la CIA en el norte de África y el Medio Oriente. Y es que el capitalismo como sistema económico, y de forma mucho mas acentuada durante su última etapa financiera-monopólica, tiende -paradójicamente- a destruir los dos elementos de los cuales se sirve para reproducir sus ganancias: la naturaleza y el ser humano. La postura doctrinaria del justicialismo es concordante con su humanismo, y, por lo tanto, es concordante con la de la Iglesia en su historia moderna: el centro de la vida no puede ser la ganancia y, por lo tanto, no puede estarle todo permitidos a quienes viven de maximizarla a costa de los demás.
Ese sistema está mucho mas concentrado y es mucho mas despiadado que cuando Perón formuló su estrategia económica. Algunas empresas cartelizadas, como la Standard Oil de Rockefeller, son poco mas que un almacén de barrio al lado de lo que hoy domina la economía mundial. Ya no solo son parte del oligopolio de una determinada rama de la producción, sino que se diversificaron en cuanta actividad existe y extendieron su red de influencia a todo el globo. Por si fuera más, tampoco existe el oligopolio: averigüen quienes son los dueños de Chevrolet y de Ford, de AMD y de Intel, de BASF y de Bayer, y así puedo seguir. De principio a fin, los mismos nombres: BlackRock, Vanguard, JP Morgan y algunos pocos más.
Creo conveniente dejar algunas preguntas abiertas para el final, dado que, en primer lugar, ya quedo esbozado lo que pienso que el peronismo debe hacer; y, en segundo lugar, entiendo que la realidad actual necesita dar mas lugar a los debates y menos a las verdades categóricas. Si en el año 1945 el Estado debía, para lograr la mencionada justicia social, controlar ciertos resortes estratégicos de la producción, ¿Qué queda hoy, que los dueños del capital se encuentran centralizados en una mesa muy chica? Si el libre mercado ya era una quimera en los 40’, ¿Cómo podemos no incidir en la planificación de la producción y dejar todo al libre albedrío de la competencia? ¿Realmente puede pensarse el desarrollo de un Estado como el nuestro escindido de la disputa en las relaciones económicas? ¿Qué otro aparato, sino el Estado, puede concentrar tal capacidad de disputa contra los grupos económicos contra los cuales, incluso, el PBI argentino no puede competir?
Si encuentran respuestas alternativas, agradezco me las hagan llegar. Y si creen que los intereses de los fondos de inversión y los del pueblo argentino son compatibles, invítenme un café porque la conversación va a llevar mas que 3.500 caracteres.